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Con mirada eucarística (abril 2021)

15 abril 2021

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de abril de 2021.

La voz en una sociedad enferma

Es evidente que la Humanidad entera está tocada de muerte por culpa de un virus, el covid-19, según nos muestran reiteradamente los telediarios cuando hacen referencia a los distintos países del mundo. Se trata de una enfermedad del cuerpo, pero que lleva emparejada consigo otros tipos de dolencias que sobrepasan la esfera de lo estrictamente físico.
La realidad es tozuda, aunque algunos se empeñan en disfrazarla, incluso en negarla. Millones de infectados, millones de personas muertas. Y con frecuencia olvidamos que detrás de cada una de esas estadísticas se esconde un ser individual con nombres y apellidos, con una historia propia, solo suya, que tiene lugar en unas circunstancias únicas. Aunque, bien es verdad, la línea conductora que atraviesa todo es la situación de impotencia.

No tienen vino
Sin tener noticia alguna, sin esperarlo, la realidad ha sido trastocada hasta los límites del desasosiego. No sabemos cómo actuar porque lo sobrevenido era imprevisible y porque, una vez aparecido, se escapa a nuestro dominio a pesar de los avances de la ciencia. A la postre, la impotencia es fruto del desconocimiento de los remedios. Y es que quizá el conocimiento hay que despejarlo en otra realidad.

Hace muchos años sucedió que en una boda se acabó el vino. Era lo peor que podía suceder. Nadie podría imaginar que en un banquete de tal importancia faltara una parte tan esencial, la bebida. Terrible situación inesperada, sin remedio, sobrevenida sin saber por qué. Una mujer se percató de ello y levantó su voz: «No tienen vino» (Jn 2,3). Dirigió su voz a otra realidad diferente, esa en la que es posible encontrar auxilio, consuelo, soluciones. La impotencia no se despeja ni con el autoengaño ni con la autocomplacencia, pasa por trascender la asfixiante realidad, una vez que nos hemos reconocido seres menesterosos, precarios, indigentes.

Mi alma engrandece al Señor
Es ese prefijo «auto» que hace referencia a la presencia de uno mismo que, además, se extingue en la omnipresencia de un mundo global. En tal aldea global resulta que, a fin de cuentas, la potencia dominante es el mercantilismo. La persona como ser individual, único, indivisible e irrepetible, pasa a ser un objeto más del conjunto en el que todo se compra y se vende. Es la enfermedad del precio. El ser humano es una mercancía más.

En estos momentos la aspiración es a recuperar la normalidad perdida, en la que curiosamente interviene la manipulación del lenguaje: supone superar la nueva normalidad para recuperar la antigua. Evidentemente esa normalidad ansiada se rige por el precio, no por el valor. Si algo está demostrando esta pandemia es que las cosas que no tienen precio son las verdaderamente valiosas. No tienen precio los abrazos ni los besos, los que no podemos dar a nuestros padres, a nuestros hijos, a nuestros abuelos, a nuestros nietos, a nuestros amigos…

Un día María fue a visitar a su prima Isabel, que vivía en las montañas de Judá. María había ido a la casa de su prima, que estaba encinta igual que ella, con la sana intención de saludarla, sin ninguna otra extraña pretensión. En un momento de la conversación entre ambas María exclamó: «Mi alma engrandece al Señor» (Lc 1,46).

Una soledad espantosa se esparce con dureza: los mayores relegados en sus residencias, los muertos despedidos sin compañía, las ausencias que no tienen consuelo, el desamparo en las colas del hambre y del paro… No tiene precio la ayuda de una mano solidaria, no tienen precio el cariño y el amor de los saludos, esos que salen del alma. Detengamos las prisas angustiosas y lejanas de las afueras y recalemos en la cercanía del espíritu compartido, donde la palabra más valiosa es la palabra gracias. Las que damos al otro gratuitamente, sin ponernos nunca en venta.

Hágase
Faltan valores. La sociedad está enferma de ideologías. Sobran ideologías. Como en el viejo «Mito de la Caverna» de Platón, el mundo de la apariencia sustituye al mundo valioso de las ideas. Las sombras ocultan la verdadera realidad. Las ideas conducen a la perfección, al supremo bien individual y social, conducen al amor, donde reside Dios. Las ideologías son destructoras del ser, nos llevan al anonimato, anulan el criterio, destruyen la libertad, son manipuladoras.

En tal sentido se expresa el novelista Marcos Chicot a través del personaje Daaruk: «La clave de la manipulación es poner en contacto a los hombres con sus deseos más intensos». No es de extrañar, pues, que en este mundo globalizado la mentira generalizada suplante a la verdad, sencillamente porque la mentira ofrecida por el poder es mucho más deseada, por atractiva, que la cruda verdad. La mentira esclaviza; la verdad hace seres libres. La mentira crea desconfianza y frustración; la verdad espera y confía. Nos preguntamos: ¿En qué o en quién confía el mundo de hoy?

Cuando el ángel le anunció a María que iba a ser madre de un hijo, esta no entendió nada, pues no tenía relación con ningún hombre y además estaba prometida con José. Pidió explicaciones al emisario. Analizó la situación. Tendría que enfrentarse con José, incluso admitir la posible ruptura del compromiso. Es más, tendría que enfrentarse con las estructuras sociales de la época que repudiarían su situación; incluso adivinó los posibles sinsabores que tal decisión le acarrearía en su vida. Pero, a pesar de todo ello, decidió libremente, confiando siempre en la voluntad de Dios. Sencillamente contestó: «Hágase» (Lc 1,38).

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
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