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Orar con el obispo del Sagrario abandonado (abril 2021)

25 abril 2021

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de abril de 2021.

«Contempladlo y quedaréis radiantes» (Sal 34,6)

Afirma san Manuel: «Las Marías más activas, más sólida y perseverantemente activas serán siempre las más contemplativas. No todas las almas, sino muy contadas, llegan a la oración de quietud y contemplación, por la que sin trabajo ninguno y sin auxilio de voz escrita ni hablada penetran los más sublimes arcanos de las cosas santas y en ellas se pasan las horas derretidas de dulcísimo amor» (OO.CC. I, n. 382).

Podemos preguntarnos cómo penetrar en la hondura y belleza del misterio trinitario. ¿Cómo vivir los tiempos de adoración eucarística en clave de quietud y contemplación? ¿Cómo ser activos en la oración y, a la vez, contemplativos en la acción? ¿Cómo encontrar a Dios en lo sencillo y cotidiano del día a día? Si los oficios esenciales de las Marías de los Sagrarios son servir, ungir, compadecer y estar de pie junto a la cruz (cf. OO.CC. I, n. 380), ¿cómo estar abiertos a la acción del Espíritu Santo para alcanzar la armonía, el equilibrio y el desarrollo de oficios tan dispares?

San Manuel afirmaba: «El oficio de las Marías del Evangelio siempre ejercitado y el que podría llamar característico, fue el de estar con Jesús, supliendo lo que podía echar de menos» (OO.CC. I, n. 380).

La adoración eucarística, desde la mirada amorosa que el Amado dirige y envuelve al adorador, le va concediendo el don de la oración de quietud y contemplación: «Yo le miro y Él me mira». El adorador se deja penetrar por esa luz interior que emana del Cuerpo Eucarístico. Se deja iluminar, transformar, embriagar por el dulcísimo amor del Esposo-Amigo.

Oración inicial
Oh Dios, Padre amoroso que has querido que tu Hijo se quedara con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo, en su presencia eucarística, derrama incesantemente en nosotros los dones y los frutos del Espíritu Santo para que Él nos vaya transformando en adoradores, verdaderamente contemplativos, en cada hora eucarística que pasamos adorando a tu Hijo, el Sol que nace de lo alto, que ilumina nuestras tinieblas y nos conduce por caminos de paz. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
2Co 4,3-6

Meditación de la Palabra
Evangelio significa «buena noticia». Hay un solo Evangelio, una única noticia salvífica: el mismo Jesucristo, el verbo eterno del Padre hecho verbo encarnado por el «Hágase» de María en la Anunciación y por el misterio de la Encarnación, con el anonadamiento de Cristo. «Los cuatro Evangelios narran fielmente lo que Jesús, el Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó hasta el día de la Ascensión» (DV 10).

El resplandor del Evangelio de la gloria de Cristo, que es imagen de Dios, se revela a los sencillos y humildes, los que se abren a la gracia del Espíritu Santo, a los que confiesan que Jesús es el Señor, a los que se dejan afectar por los pensamientos y sentimientos de nuestro Salvador. El Espíritu Santo nos transforma en verdaderos contemplativos de los misterios de la vida de Cristo: «La oración contemplativa es mirada de fe, fijada en Jesús. “Yo le miro y Él me mira”, decía a su santo cura un campesino de Ars que oraba ante el Sagrario (cf F. Trochu, Le Curé d’Ars Saint Jean-Marie Vianney). Esta atención a Él es renuncia a “mí”. Su mirada purifica el corazón. La luz de la mirada de Jesús ilumina los ojos de nuestro corazón; nos enseña a ver todo a la luz de su verdad y de su compasión por todos los hombres. La contemplación dirige también su mirada a los misterios de la vida de Cristo. Aprende así el “conocimiento interno del Señor” para más amarle y seguirle (cf. San Ignacio de Loyola, Exercitia spiritualia, 104)» (CIC 2715).

La contemplación es una de las formas de orar, es expresión sencilla y limpia de la oración. Es un don, una gracia; todo es iniciativa del Señor por la acción del Espíritu Santo. Solo puede ser acogida, como en la Virgen María, desde la pobreza y la humildad, dejando que el Paráclito inunde de luz, belleza y hondura la mente y el corazón de quien contempla.

La oración contemplativa nos adentra en el misterio trinitario, nos saca de las tinieblas y nos lleva a la luz; nos va configurando con Jesucristo, el hombre perfecto, sella con nosotros una alianza de amor fidelísima, en lo más íntimo de nuestra alma, con el Dios-Amor, que nos ha creado a su imagen y semejanza.

La oración contemplativa exige un total descentramiento de nosotros mismos, para poner como único centro al Dios–Trinidad revelado por el Unigénito. Él es lo único importante.

La contemplación es sumergirse en la oración de Cristo que está ininterrumpidamente en diálogo con el Padre por la fuerza del Espíritu Santo. Es dejar que el misterio de Cristo nos habite, nos tome en posesión, nos una al Corazón de Jesús.

Este misterio de Cristo es celebrado cada día, por la Iglesia, en la Eucaristía, misterio de fe: «anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. Ven, Señor Jesús». Es el Espíritu Santo quien nos activa el amor, para vivir y celebrar la Eucaristía como eterna novedad y fascinante encuentro con Jesucristo.

Don y llamada universal
Ser contemplativo en la acción no está reservado para unos pocos, o para quienes han sido llamados a una vocación especial. No. Es un don, una vocación para todos los bautizados. Es derramamiento de gracia (don) y ser cristiano en plenitud (llamada). Es ponerse en contacto, en íntima comunión, con las tres Personas divinas, para descubrir cómo habitan en mí y en cada creyente abierto a la acción del Espíritu. El contemplativo en la acción en todo ve la presencia del Padre, el acompañamiento del Hijo (como a los dos de Emaús) y la fuerza y la luz del Espíritu.

«¿Has aprendido realmente a hacer del trabajo oración? Tal vez nunca hayas aprendido a hacer del trabajo oración porque tu mente está siempre pensando en el trabajo. He aquí unas palabras que te ayudarán: “Con Jesús, por Jesús, a Jesús”. Si quieres saber cuánto amas a Jesús no es necesario que preguntes a nadie. En la sinceridad de tu corazón sabrás si practicas el silencio» (santa Teresa de Calcuta).

Pide incesantemente este don: «Señor, hazme contemplativo en la acción». O bien dile: «Préstame, Señor Jesús, tus ojos para que te descubra en cada persona y en cada acontecimiento».

San Manuel (así lo vivía y así lo irradiaba), mirando la vida de Jesucristo y adorando su presencia eucarística en el Sagrario unía maravillosamente contemplación y acción, espiritualidad y encarnación, comunión con Dios y servicio a los pobres, escucha de la Palabra y acogida a los que sufren. Estas realidades, en apariencia contrapuestas, las une en la mente, el corazón y el alma del adorador eucarístico, el Espíritu Santo. Él unifica lo que parece opuesto (cf. OO.CC. I, nn. 616-617).

Oración de los fieles
Presentemos al Padre misericordioso nuestras necesidades para ser contemplativos en la acción. Respondemos: Padre, danos la mirada de tu Hijo.

  • Padre, haz que busquemos al amado en nuestra alma. R./
  • Creador, haz que deseemos estar centrados en Jesucristo. R./
  • Señor de la vida, envuélvenos en la luz y el consuelo de Cristo. R./
  • Padre, derrama tu Espíritu para que en todo veamos tu mano providente. R./
  • Origen de todo bien, lánzanos al servicio generoso y gratuito hacia los que están solos y abandonados. R./
  • Señor de cielo y tierra, llénanos de tu amor y envíanos a los enfermos y los que sufren. R./
  • Dios de la misericordia, enséñanos a ser misericordiosos con los demás y a perdonar siempre. R./

Oración final
Te damos gracias, Padre, porque envías tu Santo espíritu para activar en nosotros la fe, de manera que nuestra vida interior arda en amor y purifique todo afecto desordenado en nosotros. Ensalzamos tu Nombre, porque la oración contemplativa nos conduce a encontrar a Jesús, tu Hijo, en las situaciones de miseria de tantos pobres de la tierra. Concédenos una fe puesta en activo desde el servicio generoso y gratuito a los más desfavorecidos de la Humanidad. PNSJ

Miguel Ángel Arribas, Pbro.

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