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Nacidas para eucaristizar (abril 2021)

27 abril 2021

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de abril de 2021.

Compartiendo sueños

Nos cuenta san Manuel que, cuando era un joven seminarista, le gustaba soñar con el futuro. Imaginaba que era un sacerdote de pueblo, comprometido en mil y un proyectos pastorales. Se veía trabajando en la catequesis con los niños, llevando adelante iniciativas en favor de los pobres, acompañando a los ancianos, guiando a los jóvenes. Sin embargo, sabemos que, a medida que avanzaba en su vocación, fue «tropezando con la realidad», y los «ensueños apostólicos del seminario» no siempre resultaron como él esperaba (cf. Aunque todos… yo no).

Sin embargo, y a pesar de todo, la dura realidad y las dificultades del camino nunca pudieron detener el celo apostólico y el corazón enamorado de san Manuel. También podemos decir que nunca dejó de soñar. De hecho, la idea de fundar nuestra congregación nació de su mirada soñadora, en una interviú, en el año 1912: «Con la cabeza echada atrás y la mirada en lejanías insondables, mirándonos sin vernos en actitud de sonámbulo, empezó a hablar suavemente primero, fogosamente después. – Sí, las Marías subsistirían… porque ha sonado la hora de la compasión… por eso vivirá larga vida y por ellas soñaba él con ver rebosante de gentes todos los Sagrarios». Este sueño de san Manuel se convertiría en una luminosa profecía, como intuía aquella María cronista (cf. El Granito de Arena, 5 y 20/12/1912, nn. 123 y 124).

A pocos días de cumplir nuestros primeros cien años, también sus hijas seguimos soñando, entretejiendo y compartiendo sueños. Son sueños que nacen del corazón, en los ratos de Sagrario, en los encuentros con las personas. Sueños que se van haciendo al andar. Sueños para el presente y el futuro de nuestro querido Nazaret. Nos llegan de todas nuestras comunidades. Por ejemplo, desde Maiquetía, Venezuela: «Sueño que, con los ojos puestos donde mira Jesús, se puedan seguir dando respuestas de amor y entrega a tantos abandonos y abandonados de la sociedad. Que resuene con fuerza, ilusión e intrepidez ante los nuevos signos de los tiempos la consigna de san Manuel: “Sed fieles”. Pidiendo perdón por nuestro ayer. Dando gracias por nuestro hoy. Consagrando nuestro mañana con confianza y abandono en la misericordia de Jesús Sacramentado» (María Nélida Gallo Oliva, m.e.n.).

Soñar en comunidad
El 3 de octubre del año pasado, el papa Francisco también nos compartía uno de sus sueños, que es la fraternidad universal: «¡Qué importante es soñar juntos! Soñemos como una única Humanidad, como caminantes de la misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos cobija a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, todos hermanos» (FT 8). Así, el santo padre nos invita a construir día a día la vida fraterna, en comunión con Cristo y en nuestras relaciones con los demás.

Las Misioneras Eucarísticas de Nazaret estamos unidas por un mismo ideal y una misma misión, que compartimos con toda la Familia Eucarística Reparadora. En esta perspectiva, nuestra Hna. Bárbara María comparte su sueño, que nace de la vida comunitaria: «Junto a mi comunidad, me siento impulsada a comunicar la vida que brota de la Eucaristía, en medio de la realidad que nos toca vivir, en esos acontecimientos de abandono que experimentamos cada día y que con nuestra vida queremos eucaristizar. Deseo para los jóvenes que Jesús Eucaristía sea su alimento, su fuerza, que se enamoren de Él y sea el motor de todo lo que hagan. En este tiempo jubilar, sueño para Nazaret que seamos fieles al mandato y deseo de nuestro fundador: ser eucaristizadas para eucaristizar» (Nazaret de Maiquetía, Venezuela).

En nuestros sueños de fraternidad, vida consagrada y misión, suele repetirse el verbo que inventó san Manuel, que indica nuestro proceso formativo y la labor apostólica que estamos llamadas a realizar en el seno de la Iglesia, «eucaristizar». Por ejemplo, los ecos de este verbo y otro sueño resuenan desde Santa Fe, Argentina: «Sueño con un Nazaret en el que sus nazarenas seamos fiel reflejo de la Hostia Consagrada por dentro y por fuera, dispuestas a dar la vida por la eucaristización del mundo que sufre porque ha abandonado a Dios, desde la compasión que nos enseña Jesús. Sueño con un Nazaret en el que tradición y novedad sean vividas como don del Espíritu. Un Nazaret en el que sepamos tener los pies en el suelo y el corazón en el centro del Misterio eucarístico. Sueño con un Nazaret que abra puertas, tienda puentes, sane heridas y llegue, por, la fidelidad al Espíritu Santo, hasta los confines de la tierra y lo haga reparando con la ternura de María Inmaculada y al estilo de san Manuel» (Mª Cristina Ruiz Alvaredo, m.e.n.).

Recordar y agradecer
Recordar, es decir, volver a pasar por el corazón, y agradecer son dos acciones que nos ayudan a elaborar, mantener y hacer realidad los sueños. El hilo de oro que los conduce, tanto en el origen como en la meta, es la presencia y la gracia del Señor. Y recordar y agradecer, como hemos hecho de muchas maneras a lo largo de este primer año de nuestro bienio jubilar, nos ayuda a renovar y a fortalecer nuestra consagración y misión. Y nos concede ilusión y energía para seguir soñando.

Con estas palabras, después de haber celebrado los 50 años de Profesión religiosa, nuestra Hna. Áurea María expresa su sueño para nuestra congregación: «Haciendo memoria me doy cuenta de que lo que sueño para Nazaret es lo mismo que me atrajo a vivir en él: una vida muy centrada en Jesús, pues solo en Él está la fuerza para irradiar la paz, alegría, fraternidad y entrega que habla a todos sin necesidad de muchas palabras. Así crecerá Nazaret, para eucaristizar el mundo» (Nazaret de Roma).

Finalizando este artículo, otro sueño llega a nuestra redacción desde Las Palmas de Gran Canaria: «Sueño que continuemos abiertas a acoger y vivir la vida del Espíritu en una real y generosa entrega a Dios. Que no se agoten los caminos y recursos para que Nazaret siga extendiéndose, anunciando libre y apasionadamente que Jesús está vivo en la Eucaristía, que sigue entregándose por amor. Que vivamos siempre en gratuidad y esperanza nuestra vocación. Solamente consagradas felices y realizadas por haber entregado la vida a Dios y a los hermanos podremos ser signos creíbles en nuestra misión eucarística reparadora. Es en resumidas cuentas el deseo y sueño de nuestro Padre, que cada una de nosotras sea eucaristía» (Mª Soraya González Andrade, m.e.n.).

¡Gracias por los sueños compartidos! En este luminoso tiempo pascual, sigamos entretejiendo sueños, recordando y dando gracias al Señor por tanta gracia derramada en nuestra historia congregacional. ¡Buen camino rumbo al Centenario!

Mª Andrea Chacón Dalinger, m.e.n.
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