Saltar al contenido

«Su afmo. P. in C. J.» (abril 2021)

29 abril 2021

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de abril de 2021.

Recetas para usar oportunamente dos monosílabos: sí y no
Cartas de san Manuel González a María del Sagrado Corazón Rojas–Marcos, r.s.c.j.

Son veinticinco las cartas dirigidas a María del Sagrado Corazón Rojas–Marcos Lobo que se encuentran actualmente en el Archivo de la causa de canonización de san Manuel González, en Palencia. Es de imaginar que este sea el último paradero de estas cuartillas que, desde que fueron escritas entre 1932 a 1939, cruzaron dos veces el Atlántico, antes de llegar por vez primera a Palencia, para después, hacer desde allí un nuevo viaje ida-vuelta, esta vez hasta Sevilla, desde donde regresarían al Archivo en 1998.

María del Sagrado Corazón Rojas–Marcos Lobo era la cuarta de los siete hijos del matrimonio formado por Manuel Rojas Marcos e Ignacia Lobo. Había nacido en Sevilla en 1906. Su padre era senador y por tanto debía viajar habitualmente hasta la capital de España. De aquellas frecuentes despedidas, y de sus correspondientes reencuentros –como ella misma escribiría– sacó la idea del Cielo como un lugar «donde no hay separaciones sino llegadas». Tenía 14 años cuando falleció su padre, 16 cuando se planteó entrar en religión y 18 cuando, en el día de la Inmaculada de 1924 ingresó en el Valle, el colegio que en Sevilla tenía la congregación de Religiosas del Sagrado Corazón y del que ella había sido alumna.

Amistad sevillana
La amistad entre la familia Rojas–Marcos y D. Manuel González surge en el entorno de la Hermandad de la Virgen de la Alegría, que tenía su sede en la parroquia de San Bartolomé en Sevilla. Así lo cuenta Beatriz, joven miembro de esta familia, tras comentarme que fue D. Manuel quien celebró la boda de sus bisabuelos en esa Iglesia. Pero hay que tener en cuenta que D. Manuel Rojas Marcos, además de ser un prestigioso abogado y dedicarse a la política, fue, en 1901, alentado por el propio arzobispo Spínola, uno de los fundadores de la Liga Católica en Sevilla. Esto sucedía en la época en la que D. Manuel González era un joven colaborador en El correo de Andalucía, periódico que se convirtió en el principal altavoz de este grupo que, atendiendo al llamamiento a la acción social de la Iglesia realizado por León XIII y por su sucesor Pío X, estaban empeñados en llevar a cabo reformas regeneradoras en la sociedad, acordes con la doctrina social cristiana. Sea como fuere que entraran en contacto, D. Manuel debió conocer bien a toda la familia Rojas Marcos, pues en las cartas que escribirá a sor María en ocasiones hace referencia a sus tíos, hermanos o primos.

Aunque se la conocerá en la congregación como sor María, estaba muy orgullosa de haber sido bautizada con el nombre de María del Sagrado Corazón. Como ella misma contará, D. Manuel había dirigido su alma en su juventud, pero fue en 1932 cuando se reencontraría con él. Ella era una de las probanistas que se preparaban para hacer sus votos perpetuos en la casa Madre de las religiosas del Sagrado Corazón, en la Via Nomentana, en Roma, hasta donde se acercó el entonces obispo de Málaga, que en esos días realizaba la visita ad limina. A partir de aquel momento sor María mantendría correspondencia con san Manuel, y ella guardó las cartas que recibió de él como verdaderas reliquias.

La primera está escrita en febrero de 1933. D. Manuel, que pensaba al regresar de Italia continuar viviendo en Ronda, nunca volvería a su diócesis: «obedeciendo órdenes de la Santa Sede me he quedado viviendo en Madrid», le contará. En aquella primera carta estaba todavía presente el recuerdo de la reunión en Roma con el numeroso grupo de hermanas, eran 56, que se formaban en aquel momento en la casa Madre, durante la que les dijo: «El medio más eficaz para alcanzar la santidad es usar oportunamente dos monosílabos: SI y NO, pero después de encerrar la voluntad propia en el Sagrario. Sí a toda voluntad de Dios y no, al yo… Mirarlo a Él y no a mí». Sor María había escrito a D. Manuel en diciembre, sin duda contándole cómo había gustado a ella y a las demás probanistas, aquellas palabras que les dirigió y cómo habían calado en sus corazones, pidiendo después unos consejos para vivir las fiestas de Navidad. Sin embargo, el retraso en la respuesta hizo que D. Manuel acabara dándoselos, pero para el tiempo de Cuaresma. Y es que en las cartas que conservamos de esta correspondencia entre sor María y san Manuel González, se suceden las recomendaciones para vivir mejor los diferentes tiempos del año que, sin embargo, siempre tendrán un mismo trasfondo, el que explicó a aquellas jóvenes religiosas del Sagrado Corazón en 1932, y que concretaba en aquella primera carta al comienzo de 1933 con palabras del evangelio de san Juan: «Que Él crezca y yo disminuya».

Ya fuera Adviento, Cuaresma o tiempo de vacaciones, el mensaje que con insistencia repetirá a sor María, durante todos esto años se puede condensar en ese Morior mihi, vivam Tibi de Te, «muera para mí y viva para Ti y de Ti» (OO.CC. IV, n. 6836), que ya le recomendaba a poco de haber hecho en enero de 1933 su profesión religiosa:

«Que sigas mirando a Jesús, sin mirarte a ti misma, pensando en Jesús, sin pensar en ti misma, llenándote completamente de Jesús, para que quedes completamente vacía de ti y puedas decir con verdad: “Vivo yo, más no yo; es Cristo quien vive en mí”» (OO.CC. IV. n. 6101).

Pero san Manuel fue un director espiritual atento a las almas, a las que conocía y por las que rezaba. Sabía que su misión era, usando el don del consejo, establecer las metas y planificar los objetivos a lograr (los psicólogos actuales lo llamarían coaching). Como no podía ser de otro modo, el objetivo para aquellas personas que se acercaban a él en busca de consejo no era otro que la santidad. De hecho, cuando sor María concluyó sus estudios universitarios obteniendo la licenciatura en Filosofía y Letras, le conminará «¡a seguir tu otra carrera hasta el doctorado!». Esa era la meta ¿cómo planificar llegar a ella en cada uno de los momentos del año?

Recetas cuaresmales
Veamos en primer lugar las prácticas concretas que recomendaba para lograr este «no vivir en mí» durante la Cuaresma:

«Creo que sería muy del agrado del Corazón de Jesús que, durante toda la Cuaresma, se propusieran no hablar nada de sí mismas, ni en favor ni en contra, fuera de los casos en que fuesen preguntadas, que deben contestar la verdad, en favor o en contra, con la máxima sencillez. ¡Cómo disminuirían todas y cómo crecería Jesús en ellas!» (OO.CC. IV, n. 6101).

«¿Tu Cuaresma? Yo quisiera que fuera para ti una especie de ejercicio de buena muerte de… tu amor propio. ¡Qué bien si el Viernes Santo próximo están de Cuerpo presente el de Jesús (litúrgicamente) y el amor propio tuyo (realmente)! Ese es todo el programa. ¿Medios? 1º la meditación diaria de un paso de la Pasión en compañía de la Inmaculada a la que pedirás entrar como ella en el misterio de cada dolor de Jesús. 2º prescindir de ti en cuanto puedas. ¡Qué buena ocupación para todo este tiempo!» (OO.CC. IV, n. 6249).

«El plan pedido de Cuaresma= Vivir la Pasión de Ntro. Sr. J.C. Pide con ganas a la Inmaculada Dolorosa que te deje acompañarla en pos de su Santísimo Hijo paciente en esta Cuaresma y cada día da con Ella un paso cuya consideración te llene el día de conocimiento, gratitud y deseos de imitación de aquel rasgo del amor del C. de Jesús. ¡Se siente tan poco acompañado Él en su Pasión de entonces y en la de ahora…! ¿Vamos a apasionarnos por la Pasión? Lo demás que tú deseas y necesitas vendrá por añadidura»(OO.CC. IV, n. 6663).

«En estos días de Pasión y Semana Santa. ¡Hay que morir! ¡Que no quede de ti sino la figura exterior! Todo lo demás después de morirte con Jesús ¡que resucite nuevo! Dile con ganas muchas veces: Morior mihi, vivam Tibi de Te» (OO.CC. IV, n. 6836).

«¿Qué vas a hacer esta Cuaresma? Ser tu nombre: o sea, María del C. de Jesús de verdad ¿cómo? María que cada día medita un paso de la Pasión de su Jesús, de él saca una jaculatoria y un vencimiento para repetirlos todo él; María que ningún día va a hablar de sí ni quejarse; María que va a tener especial empeño en poner mejor cara a quien o quienes le sean menos simpáticos o agradables; María que va a pedir muchas veces principalmente esto: Corazón de Jesús de mi nombre, sé también el Corazón de mi vida entera. Querer Contigo, por Ti, como Tú y nada más» (OO.CC. IV, n. 6979).

Recetas para el Adviento
Con ser un tiempo de alegría y esperanza no hay que olvidar que el Adviento es también época de penitencia, pero sobre todo de preparación, junto a María para la llegada de Jesús. Los consejos que para estos días dará a María del Corazón de Jesús van unidos a la devoción a la Inmaculada:

«Mi encargo de ahora y mi contestación a las tuyas sigue siendo el mismo: “déjate a ti y me hallarás a Mí”. “Déjalo todo y lo hallarás todo”. Báñate muchas veces en miradas de Jesús y sécate con olvidos y despreocupación de ti y de tus cosas. Dile muchas veces: Madre Inmaculada que yo lo haga todo con tu Jesús (unión de intenciones y merecimientos) para tu Jesús (su gloria y su gusto nada más) y como tu Jesús (a estilo de Él en todo) y ya verás qué buenas Pascuas y qué buen año 34 y los siguientes te regala el C. de Jesús» (OO.CC. IV, n. 6229).

«Di frecuentemente en tus soledades de cuarto de estudios y en todos los sitios: “Tu gusto y no el mío”. “Por Ti, no por mí”. “Tuya ahora”. “Tuyísima siempre”. Ese trato frecuente, íntimo y afectuoso con tu Jesús, aunque estés más seca que un ripio, o más tentada que S. Antón, acabará por volverte loca del corazón por el de tu Jesús. Empieza así tu Adviento, sigue así tu preparación para tu Madre Inmaculada y no pares hasta que yo te avise. Continúa la orden rigurosa de mandar un poquito más allá de la gran China a pensamientos y sensaciones que te turben» (OO.CC. IV. n. 6347).

Recetas para las vacaciones
Y es que María del Sagrado Corazón, continuaba pidiéndole a aquel obispo, al que conocía desde niña: recetas. Recetas para su alma para todas las ocasiones, también pare el tiempo de vacaciones. Llegado el verano D. Manuel le escribirá:

«Me pides receta para el verano que por lo que leo entre líneas se te presenta turbulento y de más fuego que el que se estila en nuestra Sevilla… Y allá va en dos ingredientes: Oración y buena cara. 1º oración, esto es, trato frecuente, filial, confiado, a pesar de tus sequedades, fuegos, flaquezas y aun roturas del barro, con el Corazón de Jesús vivo en tu Sagrario y 2º buena cara, aun sintiendo el amor propio en carne viva y los ojos con ganas de llorar y toda tu naturaleza en plan de anarquista… Con esa receta fiel y constantemente tomada ¡qué buen verano…! ¡Qué buen invierno!» (OO.CC. IV, n. 6297).

«Ante todo que sean vacaciones de libros y clases, sí, pero de trato íntimo y afectuoso con el C. de Jesús, no. Yo quisiera y Él también que dedicaras tus vacaciones principalmente a tomar en serio estas dos asignaturas: orar bien y dejar al Espíritu Santo hacer en ti lo que quiera. Pide esto, trabaja por esto, insiste sin cansarte en esto… Que todo lo hagas orando, esto es, en diálogo con Jesús, o echándolo de menos y que mates todas tus ansias de ser, de tener, de querer tú y sustituyéndolas por ansias de Él, que Él sea, que Él tenga, que Él quiera…» (OO.CC. IV, n. 6712).

Recetas para las dificultades
Algo debió turbar el ánimo de sor María meses después, pues D. Manuel le escribiría recordándole el pasaje de Pedro caminando por las aguas y animándola así a seguir su «carrera»:

«¿Te acuerdas de aquella escena del mar de Tiberíades, Jesús pasando de madrugada junto a la barquilla de Pedro y este tirándose al mar en busca de Jesús diciéndole: “Si eres Tú, ¿mándame ir a Ti”? Échate a ese mar de olas revueltas en que navegas y con la confianza (del principio, no del fin) de S. Pedro, di con tu corazón al de Jesús de tu Sagrario: “Como eres Tú, mándame ir a Ti”. ¡Siempre en dirección de Él y de solo Él! ¿Estamos? Desecha lo que te intranquilice que la intranquilidad podría sumergirte» (OO.CC. IV, n. 6735).

Y es que la vida de sor María no estuvo exenta de dificultades. No solo perdió a su padre a los 14 años, también vería en 1932 morir a su hermana muy joven dejando cuatro niños huérfanos; en los primeros días de la Guerra civil española, otra de sus hermanas quedó viuda con varios hijos pequeños, al morir su marido en el frente. En aquellos días en los que se vivía un clima de odio en toda España D. Manuel le escribirá:

«Ese derroche de odio de infierno no puede curarse ni contrarrestarse sino con un desbordamiento de amor al C. de Jesús y al prójimo por Él. Para ti la fórmula de ese desbordamiento pudiera ser la palabra de Jesús: “Haced mucho bien sin esperar nada” en silencio, sin que lo sepa más que Él, sin ajustarle a nadie las cuentas de lo que nos debe por lo que le hemos hecho de bien ¡qué amplitud y libertad da al espíritu ese moverse únicamente por la bella cara y el bello Corazón de Jesús sin mirar, ni esperar más sino que Él esté contento! Esta palabra es el aguinaldo con que te acompaño mi pésame» (OO.CC. IV, n. 6627).

Historia de unas cartas
Pero hay otra historia detrás de estas cartas que gracias a la generosidad de sor María podemos leer ahora y que, como decía al comienzo, las hacen especiales entre las que se conservan en el Archivo de Palencia. En 1945 sor María, atendiendo a una llamada de la Vicaria General de su congregación, se ofreció para seguir su labor en Hispanoamérica y fue trasladada a Chile, con ella viajarían también «sus» cartas. Desde allí, informada de la apertura del proceso para la beatificación de D. Manuel González, las enviaría para que pudieran incorporarse a la documentación que se preparaba. Pasado un tiempo, volvió durante unos años a España y más tarde marchó a Perú, desde donde regresaría a España en 1981.

Viéndose de nuevo en Sevilla, pensó si sería posible volver a tener aquellas cartas y, al saber que la general de la congregación fundada por san Manuel González era la hermana María Patricia Oriol, a la que había conocido de niña por tener amistad con su familia, le escribió a fin de poder recuperarlas: «porque tú supones lo que significan para mí…». La madre general de las Nazarenas enseguida ordenó que se le remitieran a sor María las cartas que había enviado desde Chile 40 años antes y el 13 de enero de 1987 escribirá diciendo: «ayer me llegó mi tesoro que empiezo a saborear de nuevo ¡después de tantos años…!», en otra carta dirá «creo que a mi muerte podrán volver a Uds., aunque hay muchas devotas que las codician…».

Pero no hubo que esperar a su muerte. En 1998 sor María del Corazón de Jesús, envió de nuevo su «tesoro» desde Sevilla a Palencia. En las cartas que escribió a la hermana María Patricia contaba que había encomendado a D. Manuel a varias personas enfermas de gravedad, «pido intensamente el milagro que nos procurará la inmensa alegría de verlo en los altares, como a la M. Angelita a la que también traté», «son muchos mis años, pero no pierdo las esperanzas». Quiso Dios que tuviera ese gozo, el de ver cómo «su obispo» era proclamado beato en abril de 2001. Al año siguiente, en diciembre de 2002, falleció dejando en la comunidad de las religiosas del Sagrado Corazón de Verónica, en Sevilla, el testimonio de su entrega y de su vida de oración «se pasaba largas horas en la Capilla con la mirada fija en el Sagrario. A la pregunta de que qué hacía en esos tiempos tan largos, respondió espontáneamente: Estoy con Él y sobran las palabras ¡Nos entendemos tan bien en el silencio!».

En una de estas cartas que escribió, y refiriéndose a las cartas que recibió de san Manuel decía, «son una maravilla de sólida espiritualidad, seguida dirección y mucho cariño». No he alcanzado a averiguar cuál de entre todas sería su favorita, pero me atrevo a apostar por la última que recibió. Está firmada el 7 de septiembre de 1939, en papel cuadriculado, tras de una relación de propósitos que ella había escrito con una excelente caligrafía, puede leerse:

«Muy gustoso doy mi conformidad a estos propósitos y mi bendición para que los cumplas generosamente. Todos se reducen a que te des cuenta de que estás diciendo Misa siempre. Si eres miembro del Cuerpo místico de Cristo y Él está perennemente ofreciéndose en sacrificio en todas las Misas que se celebran en el mundo; tú, como miembro suyo y por tanto miembro de un Cuerpo inmolado debes estar siempre concelebrando con Él, o sea, ofreciéndolo y ofreciéndote como hostia con Él y como, Él Sacerdote y Hostia. Aun sin darte cuenta con tal de que tu alma esté limpia estás tomando parte en todas las Misas del mundo y por tanto, diciendo Misa siempre. ¡A cuánto obliga y cuánto eleva ese vivir en Misa perpetuamente! Ya no soy yo…Dedica muchos ratos a rumiar tu gran oficio de sacerdote-hostia y vive en consecuencia» (OO.CC. IV, n. 7056).

Quién sabe si eso era lo que rumiaba María del Corazón de Jesús Rojas Marcos, 78 años de vida religiosa, en sus largos ratos ante el Sagrario de la calle Verónica, en el corazón de Sevilla.

Aurora M.ª López Medina
No comments yet

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

A %d blogueros les gusta esto: