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Orar con el obispo del Sagrario abandonado (mayo-junio 2021)

11 junio 2021

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de mayo de 2021.

«Todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él» (Col 3,17)

Afirma san Manuel González: «El grupo de Marías enteradas de Málaga, y que para mejor enterarse y vivir enteramente como Marías, viven hace años en comunidad, sin apariencia exterior de religiosas, tienen por norma en sus propagandas eucarísticas y catequísticas no dar nada como cambio, premio, pago o atractivo material a los que asisten o atraen. Se contentan con darles buen trato, buena instrucción, buen ejemplo, y el fruto de sus oraciones y comuniones» (OO.CC. III, n. 4948).

Así describe los primeros pasos de las Marías Nazarenas: su apostolado eucarístico, su servicio humilde y callado a las parroquias, su misión de animar los grupos de Marías de los Sagrarios que se iban extendiendo por todas las diócesis de España en los años 20 del siglo pasado: «Nuestras Marías en sus visitas a los pueblos o a las catequesis parroquiales no se preocupan del número ni se entusiasman con las muchedumbres ruidosas, sino que sus ojos y su atención toda se van detrás del niño o de la niña o muchacha o persona que más pronto pueda servir para apóstol entre sus iguales» (OO.CC. III, n. 4949).

Estamos de Año jubilar, en el Centenario de la fundación de las Misioneras Eucarísticas de Nazaret, año de acción de gracias, de bendición continua al Padre de la misericordia por las maravillas que Él ha obrado en la Iglesia y en la Humanidad a través de ellas. Cien años en los que nuestras Hermanas Misioneras han dado lo mejor de sí mismas para prolongar y actualizar la herencia carismática de san Manuel, para intentar impregnar de espíritu eucarístico reparador a todo el Pueblo de Dios. Alabemos y bendigamos a nuestro Dios porque ellas nos han ayudado a fijar la mirada en el Sagrario diciéndonos: «Dios está vivo, Cristo está verdaderamente vivo, esperándonos en su presencia eucarística, para que le adoremos y le reconozcamos como el Pan vivo bajado del cielo, como Rey de reyes y Señor de señores, como alimento de vida eterna».

Ellas, Misioneras Eucarísticas, nos inyectan entusiasmo eucarístico como nuestro fundador: «Muchos miles de Marías y Discípulos de san Juan de España y muchos miles aun no contados de América y del mundo están respondiendo más que con sus bocas, con sus obras y sus sacrificios a la pregunta que desde tus Sagrarios abandonados les haces, «¿quién soy Yo?», con la gallarda y bellísima de Simón: «Tú eres Cristo Hijo de Dios vivo». ¡Siempre! Para que al menos de ellas y de ellos ¡te puedas fiar!» (OO.CC. I, n. 527).

Oración inicial
Te damos gracias, Padre, por haber suscitado en san Manuel González la fundación de las Misioneras Eucarísticas de Nazaret para dar consistencia y continuidad, fortaleza y buen espíritu al carisma eucarístico reparador que él irradió con su vida y sus escritos; haz de este instituto de vida consagrada un verdadero canal de esta espiritualidad y movimiento eclesial para gloria tuya y para la expansión del amor a la Eucaristía, a la compañía de Sagrarios abandonados y a la atención cuidada a cuantos se sienten solos o necesitados. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
Col 3,12-17

Gratitud y esperanza
«¡Gratitud y esperanza!»: es el grito que brota del hondón del alma de cada Misionera Eucarística de Nazaret por estos cien años de crecimiento y consolidación del carisma y la congregación.
«¡Gratitud y esperanza!»: es la respuesta de cualquier cristiano ante la presencia real y sacramental de Jesucristo en el Sagrario. Su amor atrae y enamora, fascina y lanza a vivir esperanzados: «Como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia» (Col 3,12).

Todo brota de la Eucaristía, fuente de vida, pan vivo bajado del Cielo. El Padre, que nos ama, nos ha entregado a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados. De nosotros ha de corresponder un agradecimiento continuo.

«Si la piedad es la que pone en comunicación afectuosa a los hijos de la tierra con el Padre que está en los cielos para que le den la gloria y el amor que Él se merece, ningún medio más seguro para ejercitarla y aumentarla, ningún motivo ni tema para alimentarla como la Santa Misa bien celebrada y bien oída y participada» (OO.CC. III, n. 5267).

«Nacidas para eucaristizar» es el lema de este Centenario. A través de esta exclamación, nuestras Hermanas miran sus orígenes para enraizarse en la corriente de agua viva que es la Eucaristía y el carisma recibido. Y, a la vez, es reto para el futuro y urgencia para su misión en la Iglesia. Eucaristizar: llevarlos junto a Cristo Eucaristía y meterlos dentro del Corazón que palpita por nosotros, para que vivan la vida que de allí brota, que es la vida verdadera y la razón y el principio de todo legítimo bienestar del individuo, de la familia y de la sociedad (cf. OO.CC. III, n. 4861).

Delante de Jesús sacramentado todo invita a la alegría y la esperanza, el canto agradecido y la postración más humilde, el dejarse seducir y el prolongar la Eucaristía en la vida. Delante de Jesús Eucaristía, pan de vida, damos gracias al Padre de la misericordia por su Hijo, muerto y resucitado, que se ha quedado con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.

Delante de Cristo, cuerpo entregado y sangre derramada, damos gracias a Dios por las Misioneras Eucarísticas de Nazaret: «Cantad a Dios, dando gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados» (Col 3,16). Toda nuestra vida ha de ser una bendición continua al Padre por tantos bienes recibidos; una alabanza gozosa porque existe, nos ha creado, nos ha enviado a su Hijo como Salvador y nos ha dejado su Espíritu vivificador.

De la fuente viva de la Eucaristía nacen todos los gestos de amor, servicio, entrega y donación de toda persona cristiana y eucarístico reparadora, en el dinamismo que nos propone Jesús: dad gratis lo que habéis recibido gratis, «el hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20,28).

Desde la gratuidad, delante de Jesús Eucaristía, hacemos nuestras estas palabras de san Pablo: «Y todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él» (Col 3,17). Dios nos bendice para que le bendigamos. Cristo nos eucaristiza, nos vuelve locos de amor por la Eucaristía para que nosotros contagiemos este mismo amor, esta misma y perenne acción de gracias al Padre por habernos dado a su Hijo, pan de vida.

Escuchemos nuevamente a san Manuel González
Toda nuestra vida ha de ser profundo agradecimiento, todo es don, gracia, bendición divina: «Para el Corazón de Jesús, que nos mandó trabajar y que nos sostuvo en el trabajo, toda la gloria, y toda la alabanza, y todo el agradecimiento y todo el amor. Para nosotros, mientras más silencio, más contentos y más seguros» (OO.CC. III, n. 4970).

Lo que nos pide el Señor es que lo hagamos todo para su gloria y para salvación de la Humanidad, sin atribuirnos ningún mérito, sin que la mano izquierda sepa lo que hace la derecha: «En cambio, cuando la obra es anónima y no sirve para encubrir robos de gloria de Dios, ¡que bien vive! El Señor la bendice con efusión, porque puede decir complacido: es mi obra; los beneficiados por ella la miran con confiado cariño, porque los beneficios que de ella reciben no les impone la esclavitud y la adoración del amo; los amigos y bienhechores, por lo mismo que no aparece ser de ningún particular, la miran y quieren como cosa propia; y la obra crece, se desarrolla y vive en un ambiente de benevolencia, prosperidad y cariño que la hace amada de Dios y de los hombres» (OO.CC. III, n. 5031).

¿Cuál es el lugar por excelencia donde dar gracias por las maravillas que ha obrado en las Misioneras Eucarísticas de Nazaret? La Eucaristía: «Dando gracias al Padre celestial, hasta dejarlo satisfecho, de todos los beneficios, de que le somos deudores, incluyendo el gran don de su Hijo encarnado, crucificado y sacramentado por y para nosotros por medio de su Eucaristía que es Sacrificio y sacramento de acción infinita de gracias» (OO.CC. III, n. 5228).

Y ¿cómo prolongar la Eucaristía en la vida, cómo eucaristizar a los que nos rodean, cómo vivir en la permanente presencia de Cristo vivo? «Trabajando cada día y haciendo nuestro deber de cada hora con Él, que nos acompaña, por Él, que nos lo manda, para Él, para quien sean la alegría, la gloria y el cuidado de nuestro trabajo y como Él en silencio, bajo la mirada de Dios y con constancia» (OO.CC. III, n. 5229).

Acción de gracias al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo
Alabemos y bendigamos a Dios, delante de Jesús Sacramentado, por cada Misionera Eucarística de Nazaret que respondió a la llamada del Señor, se consagró en esta congregación y sirvió al pueblo cristiano en su servicio eucarístico reparador. Digamos: El Señor sea por siempre bendito y alabado.

  • Alabado seas, Padre, porque suscitaste en san Manuel esta urgencia de compañía y reparación a la presencia eucarística de tu Hijo en el Sagrario. R./
  • Alabado seas, Jesucristo, porque has seducido y enamorado a mujeres valientes, Marías Nazarenas, para que sean testigos de tu amor, presente en la Eucaristía, con su entrega generosa, para dar respuesta de amor reparador, por ti, ante los hombres. R./
  • Bendito seas, Espíritu Santo, porque mantienes vivo en perenne Pentecostés la experiencia que regalaste a san Manuel González ante el Sagrario de Palomares, donde él exclamó, como san Pedro: «Aunque todos te abandonen, yo no te abandonaré». R./
  • Adorado Dios Amor, Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, por esta congregación, que tiene como eje y centro a Jesús Eucaristía, que es misionera en total disponibilidad para anunciar en todo el mundo este misterio de fe y amor, que quiere vivir la sencillez, fraternidad, oración, alegría y trabajo a ejemplo de la Familia de Nazaret. R./

Oración final
Bendito seas, Padre, porque hiciste de san Manuel González un amigo fuerte de Cristo en el Misterio de su presencia eucarística, a través de una fe luminosa, una esperanza cierta y una caridad ardiente; concédenos por la gracia del Espíritu Santo y la intercesión de la Virgen María, ser instrumentos tuyos en la acción de eucaristizar la Iglesia y la Humanidad, para que los hombres se vuelvan locos de amor por el Corazón Eucarístico de Jesús. Él, que vive y reina contigo, en el Espíritu, por los siglos de los siglos. Amén.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.

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