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Un siglo sirviendo a la Iglesia

18 junio 2021

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena especial de mayo-junio de 2021.

Siempre en comunión con la Iglesia Madre

En la vida de san Manuel sobresale el cariño y respeto a la Iglesia. Las Misioneras Eucarísticas de Nazaret, en consonancia con los deseos de su fundador, siempre han vivido su pertenencia a la Iglesia con gozo, entrega y fidelidad. En las líneas siguientes ofrecemos un resumen de lo que significó para san Manuel el saberse hijo de la Madre Iglesia y de lo que actualmente implica en la congregación religiosa que él fundó siendo obispo de Málaga.
Al recoger los diversos símbolos con los que se presenta el misterio de la Iglesia, el Catecismo de la Iglesia Católica nos dice: «En la Sagrada Escritura encontramos multitud de imágenes y de figuras relacionadas entre sí, mediante las cuales la Revelación habla del misterio inagotable de la Iglesia. Las imágenes tomadas del Antiguo Testamento constituyen variaciones de una idea de fondo, la de «Pueblo de Dios». En el Nuevo Testamento todas estas imágenes adquieren un nuevo centro por el hecho de que Cristo viene a ser «la Cabeza» de este Pueblo, el cual es desde entonces su Cuerpo. En torno a este centro se agrupan imágenes «tomadas de la vida de los pastores, de la agricultura, de la construcción, de la familia y del matrimonio» (LG 6)» (n. 753).

Imágenes de la Iglesia
A continuación enumera varias de estas imágenes: redil, cuya puerta única y necesaria es Cristo; rebaño, guiado por el Buen Pastor; campo de Dios, en el que la verdadera vid es Cristo, que da vida y fecundidad a los sarmientos; construcción de Dios, donde el Señor mismo se comparó con la piedra angular; casa de Dios, en la que habita su familia; tienda de Dios con los hombres; templo santo, representado en los templos de piedra; madre nuestra; esposa inmaculada del Cordero inmaculado (cf. CIC nn. 754-757).

Cada una de esas imágenes simbólicas encierra y expresa una dimensión del «misterio inagotable de la Iglesia». Y también, cada persona percibe la presencia de la Iglesia en su vida con mayor fuerza y claridad a través de una imagen determinada.

Así lo podemos ver en san Manuel González. Contemplando su vida sacerdotal, y luego como obispo, la imagen del Buen Pastor (cf. Jn 10,11), solícito por su rebaño, es un referente constante. Incluso, con el anhelo de que todo el pueblo de Dios, empezando por los sacerdotes, reconozcan al Buen Pastor presente en Cristo Sacramentado, colocó en la Iglesia del seminario de Málaga el «Pastorcico eucarístico», imagen en la que es representado con una oveja junto a sus pies, otra sobre su hombro y, en su mano derecha, un manojo de espigas y un racimo de uvas (cf. OO.CC. II, nn. 2336-2341).

Amor a la Iglesia
Ahora bien, recorriendo sus escritos, entre las varias imágenes que utiliza para referirse a la Iglesia, predomina la de «madre» (cf. Gál 4,26). Son incontables las ocasiones en las que nos encontramos con estas expresiones: la Iglesia Madre; nuestra Madre la Iglesia, la Iglesia siempre Madre.

La expresión «madre», salvo en excepciones, nos evoca: origen de la vida, ternura, protección, compañía segura, apoyo incondicional, ejemplo y maestra de vida, en definitiva, lo mejor que puede brotar del corazón. Esa es la experiencia que san Manuel tenía de la Iglesia y la que intentaba transmitir siempre. Así expresaba su reconocimiento y su amor a la Iglesia Madre:

«Como en el orden natural somos hijos de padre y madre, en el sobrenatural nuestro Hermano Mayor Jesús, no sólo nos ha dado Padre en su Padre Dios, sino que también nos ha dado Madre en su Madre, la Virgen María, y en su Esposa la Santa Iglesia» (OO.CC. II, n. 2174).

«¿Quién mejor que la santa Madre Iglesia puede poner en nuestra boca la palabra de alabanza, en nuestro corazón el afecto y en nuestro pensamiento la enseñanza que más acerque a Dios y santifique el alma?» (OO.CC. I, n. 1202).

«¡Conocer al Corazón de Jesús! (…) Entrar en su Corazón, es decir, introducirse en ese divino laboratorio en que se han forjado la Eucaristía y la Iglesia» (OO.CC. I, n. 238).

«No hay más maestro que Jesucristo. (…) El magisterio de su palabra se lo ha confiado a su Iglesia visible, el del ejemplo se lo ha reservado para ejercerlo en su cátedra silenciosa del Sagrario» (OO.CC. III, n. 4828).

«S. Pedro y S. Pablo, alcanzadnos ser firmes en la fe de Cristo y en el amor a la Iglesia» (Diario, 496).

Gratitud a la Iglesia
En consecuencia, de su experiencia de la Iglesia Madre brotaba el agradecimiento, expresado en confianza incondicional y deseo de servirla en todo. Son incontables los acontecimientos de su vida en los que se transparenta con total nitidez su disponibilidad para servir a la Madre Iglesia a cualquier precio. Baste recordar cómo acogió y se entregó en las misiones que se le encomendaron en Huelva y en Málaga, donde las situaciones que hubo de afrontar revestían particular dificultad e incomprensión. Su semblante, reflejo de su paz interior, nunca perdió la sonrisa; y su dedicación fue sin límites, hasta poner en riesgo su salud. Estos textos nos sumergen en ese talante de san Manuel:

  • «Los deseos de mi prelado (la Iglesia) son para mí órdenes. ¿Cuándo quiere que me vaya?» (J. Campos Giles, El Obispo del Sagrario abandonado, t. I, 7ª ed., p. 93).
  • «Pedid para que acierte yo a cumplir su voluntad santísima sirviendo a la Santa Madre Iglesia hasta en lo más insignificante» (OO.CC. IV, n. 6469).
  • «Mucho me cuesta la separación definitiva de Málaga… pero voy contento a cumplir la voluntad de Dios Ntro. Señor al nuevo campo que Él me señala en su viña, pues todo mi afán es servir a la Santa Madre Iglesia a gusto de S.S. el Papa» (OO.CC. IV. n. 6475).
  • «Verbo de Dios, yo quiero que mi cuerpo sea para Ti oído para guardar todo lo que me has dicho, me dices y me dirás en las páginas de tu Evangelio, en la voz de tu Iglesia o en el silencio de tu Eucaristía» (OO.CC. I, n. 996).
  • «Jesús, único Maestro: el magisterio de su palabra se lo ha confiado a la Iglesia; el de su ejemplo lo ejerce en la cátedra silenciosa del Sagrario» (OO.CC. III, n. 4828).

Cuerpo místico de Cristo
Por último, en san Manuel también encontramos con frecuencia otra importante imagen de la Iglesia, la de «Cuerpo místico de Cristo» (cf. 1Cor 12, 27-28). ¡No podía faltar! Posiblemente es la imagen que mejor expresa la realidad de la Iglesia continuamente vivificada en la Eucaristía, como él repite en sus libros con insistencia.

Esta imagen, además, cobra particular relieve en la actualidad, como podemos ver en numerosos textos de los últimos pontífices: «En sus cartas, san Pablo nos ilustra su doctrina sobre la Iglesia en cuanto tal. Es muy conocida su original definición de la Iglesia como «Cuerpo de Cristo» (cf. 1Cor 12,27; Ef 4,12;5, 30; Col 1,24). La raíz más profunda de esta sorprendente definición de la Iglesia la encontramos en el sacramento del Cuerpo de Cristo. Dice san Pablo: «Dado que hay un solo pan, nosotros, aun siendo muchos, somos un solo cuerpo» (1Cor 10,17). En la misma Eucaristía Cristo nos da su Cuerpo y nos convierte en su Cuerpo. En este sentido, san Pablo dice a los Gálatas: «Todos vosotros sois uno en Cristo» (Gál 3,28)» (Benedicto XVI, Catequesis, 22/11/2016).

Por su parte, san Manuel González nos ofrece estas reflexiones:

  • «Uno de sus símiles favoritos de san Pablo es aquel en que compara a la Iglesia entera con un cuerpo. Jesucristo tiene un cuerpo físico, formado por el Espíritu Santo en el seno de nuestra Madre Inmaculada, y tiene también su Cuerpo místico, formado por todos los cristianos, que es la Iglesia de ayer, de hoy, de mañana… Y así como en un cuerpo físico hay distintos miembros… esto mismo pasa en la Iglesia. Jesucristo es la cabeza de su cuerpo místico y todos nosotros somos los miembros. (…) Por nuestras venas espirituales corre la misma sangre de Cristo, la misma vida; corremos su misma suerte» (OO.CC. IV, nn. 5295-5296).
  • «Como cristiano, estoy incorporado al Cuerpo de Jesús, que es Cuerpo inmolado, y soy miembro de su Cuerpo místico que es la Iglesia» (OO.CC. II, n. 2548).
  • «La liturgia es la Iglesia viviendo su fe, su adoración, su amor. […] Es Dios, por medio de Cristo, llamando, acogiendo, trabajando, uniéndose al alma. Es el alma, dejándose modelar por el divino buril para poder ser hecha miembro del Cuerpo místico de Cristo. Piedra de su Iglesia. Oveja de su rebaño. Hija de Dios. Hermana del Primogénito Jesús. Participante de su vida y de su gracia y coheredera de su gloria» (OO.CC. I, n. 175).
  • Por ello, san Manuel exclama con vehemencia: «La sagrada Eucaristía no es un mero adorno de la iglesia, ni una de tantas cosas santas y hermosas de nuestra religión… La sagrada Eucaristía es el corazón de la Iglesia, es su esencia, su centro, su vida… Es Jesucristo tal como quiere ser buscado, deseado, creído, amado, obsequiado, agradecido y adorado en la tierra por los hombres. Es Jesucristo repitiendo cada día el Calvario y el Evangelio, y perpetuando, hasta la consumación de los siglos, la Redención de aquél y los milagros de éste. Es el Jesucristo de la gloria hecho alimento, luz, solución, redención, defensa, medicina y resurrección de los peregrinos de la tierra» (OO.CC. II, n. 2159).

En unión con la Iglesia
En la vida y escritos de san Manuel encontramos sus hijas, las Misioneras Eucarísticas de Nazaret, el referente para nuestra vivencia de la Iglesia, en la Iglesia y con la Iglesia.

Así lo reflejan nuestras Constituciones, la hoja de ruta que nos identifica: «Nuestra vocación, esencialmente eucarística, nos une al Cuerpo de Cristo Sacramentado y a su Cuerpo Místico, ya que “la Eucaristía edifica la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía” (EdE 26). Según las enseñanzas de nuestro Fundador, hemos de “servir a la Madre Iglesia con todo el corazón” (OO.CC. II, n. 2314), conformarnos a su sentir, amarla y, con Ella, por Ella y en Ella, al mundo entero» (art. 6).

Este texto recoge de modo explícito las dos imágenes de la Iglesia que san Manuel, como hemos dicho anteriormente, destacó de modo especial: la Madre Iglesia y la Iglesia, Cuerpo místico, edificado, sostenido y continuamente vivificado a través de la Eucaristía.

Por ser la Iglesia el Cuerpo místico de Cristo, se nos invita a «una donación total a Él y a la Iglesia por la profesión y práctica de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia» (art. 13), y a reflejar «la santidad de la Iglesia» (art. 15) a través de nuestra consagración.

Esta consagración se realiza «por el ministerio de la Iglesia» (art. 105) y con el deseo de «servir a Dios y a la Iglesia» (art. 107), como queda expresado en la fórmula que pronunciamos para la emisión de los votos en el día de nuestra Profesión religiosa. Por ello, desde la formación inicial, se sigue un proceso que conduzca «a sentir con la Iglesia» (art. 82) y, paulatinamente, «a responder a los desafíos de la Iglesia» (art. 113) insertas en el hoy de la historia.

Asimismo, la Iglesia, misterio de comunión, constituye el fundamento de la vida comunitaria en fraternidad, rasgo que distingue nuestro modo de vida consagrada: «la vida religiosa, por la vivencia constante del amor fraterno en vida común, proclama que es posible esta comunión por el poder reconciliador de la gracia, que nos hace capaces de superar las fuerzas disgregadoras que se encuentran en el corazón humano y en las relaciones interpersonales» (art. 37). Esta comunión con la Iglesia es también el distintivo de la misión evangelizadora que se nos ha confiado: «Nuestra actividad apostólica la realizamos enviadas y en nombre de la Iglesia y de la congregación» (art. 67).

Por último, la hermana a la que se encomienda el servicio de la autoridad, recibe está misión «por el ministerio de la Iglesia» (art. 126), la ejerce «en actitud de servicio a la Iglesia» (art. 145) y debe exhortar a sus hermanas para que vivan «una fiel obediencia a la Jerarquía de la Iglesia» (art. 146).

En este camino nunca nos falta la presencia de Aquella a quien el Señor nos confío en sus últimos momentos sobre el altar de la cruz. Nos dice de nuevo san Manuel: «María es, no sólo la Madre del Jesús físico del Evangelio, sino también del Jesús místico, que es la Iglesia. ¡Los cuidados, desvelos y sacrificios de todo orden envueltos en el más recatado silencio con que la excelsa Madre del Jesús físico del Evangelio ha criado, sostenido, ayudado, alimentado y defendido al Jesús místico de la Iglesia niña, siempre pobre, perseguida siempre en la tierra! ¡Qué misterios de bellezas, qué abismos de abnegaciones, qué mares de caridad, qué jardines de virtudes, qué inmensidad de vida y de acción sobrenatural nos descubrirá en el cielo la historia, hasta ahora cerrada, del Nazaret de la Iglesia niña!» (OO.CC. II, n. 2614).

Ana Mª Fernández Herrero, m.e.n.
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