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«Su afmo. P. in C. J.» (mayo-junio 2021)

21 junio 2021

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena especial de mayo-junio de 2021.

«¡Vaya cardito!»
Cartas a las Marías Nazarenas, de su fundador

No se trata de un error. La caligrafía de san Manuel González no se lee con facilidad y son muchas las palabras de sus manuscritos que ha costado descifrar, pero no era este el caso. Al transcribir la carta que el 3 de septiembre de 1933 dirigió a su hermana Mª Antonia y a su sobrina, yo no tuve duda para leer y comprender lo que allí ponía: cardito.

Siendo andaluza sé que para pronunciar la «l» en medio de una palabra lo habitual es que la cambiemos por una «r», y san Manuel, que con mucha frecuencia recurría al uso escrito de las particularidades del habla andaluza, hablaba de un caldito; y por supuesto podía entender a qué se refería cuando aplicaba esta expresión nada menos que a las Marías Nazarenas, una obra que, de manera visible había comenzado el 3 de mayo de 1921, aunque, como corresponde a una obra de Dios, había sido Él y no el fundador quien eligió esa fecha.

Hogareño y fundamental
Para los andaluces un caldo es algo fundamental. Todavía hoy, en las casetas de la feria de abril en Sevilla, es costumbre beber un caldito para recuperar las fuerzas que permitan volver a casa después de haber estado horas en las casetas. A principios del s. XX era un auténtico reconstituyente. Las madres de familia preparaban el caldo del puchero durante horas para que su marido o sus hijos pudieran tomarlo al volver de su jornada de trabajo; y si una persona estaba enferma en casa, se recurría a un buen caldo de pollo antes que a los medicamentos. Era un alimento que tenía un poco de verdura, huesos frescos, costilla salada y quizás hasta un trozo de pollo o de carne. La habilidad del ama de casa lo convertía en un sabroso caldo que todos esperaban para sentirse bien después de la jornada.

En el verano de 1933 san Manuel se encontraba en Elorrio. Las autoridades no le permitían visitar su diócesis. Eran momentos muy difíciles en las relaciones entre España y la Santa Sede. Sin embargo, su hermana Mª Antonia y su sobrina Mª de la Concepción, sí que pudieron viajar hasta Málaga durante aquel verano para poder estar junto a aquellas primeras Nazarenas. En el mes y medio que pasaron en la entonces nueva casa de Nazaret entraron a formar parte de aquella comunidad cuatro novicias, y se preveía que otras dos llegaran pronto. A la vista de estas noticias D. Manuel contestaba desde Elorrio:

«¡Vaya con el estirón de Nazaret! Según vuestra lista van a entrar seis ¡vaya cardito! El Amo les dé la perseverancia y que sean de verdad» (OO.CC. IV, n. 6187).

Una bonita expresión esta de san Manuel al pensar en aquel grupo de mujeres que se preparaban para convertirse en ese núcleo de la obra reparadora que como él mismo dijo mucho antes, en 1912: «resultarán como una gran central eléctrica que distribuya fuerza, luz y calor a todos los rincones oscuros, a todos los inaccesibles… y dejarán por donde pasen otras tantas estaciones al servicio de Jesús de Nazaret, fuente de toda energía» (El Granito de Arena, 5/12/1912, n. 123, p. 9). Leyendo este artículo de El Granito en 1912 es fácil intuir que D. Manuel sabía que ese grupo de mujeres iban a existir, pero que no sabía quiénes iban a formarlo, ni cuándo iban a empezar a ser.

Nació Nazaret
En la correspondencia de san Manuel recogida en sus Obras Completas, la primera mención a lo que cien años después son las Misioneras Eucarísticas de Nazaret la encontramos en una carta que remite desde Málaga el 23 de marzo de 1921 a Dña. Purificación Vila:

«Cuándo esté más tranquila le daré noticias frescas y concretas de la Obra futura de M.N. que muy en breve vamos a empezar a ensayar con gran modestia» (OO.CC. IV, n. 5572).

Finalmente sería el 3 de mayo de aquel año cuando, tras una serie de circunstancias que puso la Providencia, nació Nazaret. Era, por entonces, la festividad de la Invención de la Santa Cruz.

La primera carta dirigida a las que entonces se llamaron Marías Nazarenas es de 1927. Realmente es una nota escrita al final de una carta que les dirigía la madre Mª Antonia González García, cofundadora con su hermano de aquella Obra, en la que daba respuesta a la que las Nazarenas le habían enviado durante uno de aquellos primeros viajes apostólicos. La postdata de san Manuel comenzaba: «Una palabrita de aliento: Sois viajantes de la Casa–Jesús Abandonado».

En aquellos años, y especialmente tras la presencia oficial de las Marías Nazarenas en el Congreso Eucarístico de Toledo que tuvo lugar en 1926, los viajes de las Nazarenas empezaron a ser frecuentes por todas la diócesis de Málaga. No era raro que su fundador las comparase con esa figura tan popular entonces en aquellos lugares de los «viajantes», es decir, los agentes comerciales que se desplazaban hasta los pueblos llevando las novedades de las empresas que representaban a las pequeñas tiendas de aquellas zonas alejadas a cambio de unas comisiones. Las Nazarenas trabajaban también por estos pueblos, pero, como les recordaba en aquellas letras su fundador, para una «Casa que nunca quiebra y siempre paga» (OO.CC. IV, n. 5719).

Líneas llenas de serenidad
En las temporadas de descanso que san Manuel pasó durante los veranos en Elorrio, dedicó mucho tiempo a la escritura. Cualquiera que haya pasado un rato en el jardín de casa Lariz puede comprender fácilmente que las cartas que allí pudo escribir no solo son más extensas, sino también que estén repletas de la armonía de aquel trocito de naturaleza que san Manuel, como buen escritor, alcanza a trasladarnos. No faltaron en aquellos veraneos y desde aquel ambiente tranquilo las cartas dirigidas a las Marías Nazarenas.

En 1928 escribió desde allí a «las queridas hijas de Nazaret», una hermosa carta en la que les hablaba de las miradas de amor y confianza que dirigen al Sagrario, pero sobre todo de la respuesta que reciben cuando esas miradas se encuentran con la de Jesús. San Manuel, como hoy lo siguen haciendo sus hijas las Misioneras Eucarísticas, usaba habitualmente la comunicación «vía Sagrario», misterio capaz de unir en un mismo momento la casita de las Nazarenas de Málaga con la villa Lariz en el centro del País Vasco. Al final de esa carta añadirá:

«Para esto os pongo estas letritas, para que pongáis todo el empeño de vuestra vida en tratar con tanto mimo a vuestro Jesús de ahí que lo sepa yo por la cara buena del Jesús de aquí» (OO.CC. IV, n. 5751).

En septiembre de 1929 fueron las Nazarenas desde Málaga quienes enviaron una carta a su fundador mientras estaba en Elorrio, a la que este respondió con un consejo y una bendición. El consejo, explica san Manuel:

«…lo tomo del Evangelio de mi Misa de hoy; el de Zaqueo. ¿Sabéis por qué le vinieron tantas cosas buenas a él y a su casa? Porque deseaba saber quién era Jesús y puso todos los medios para conseguirlo. Y eso deseo yo para mis nazarenitas: muchas, muchas, insaciables ganas de saber cada vez mejor y saborear quién es Jesús» (OO.CC IV, n. 5785).

Al año siguiente, al dirigirse desde Casa Lariz a sus hijas en agosto de 1930, las alentaba a estar atentas a dos temores que parecen acechar siempre en los trabajos de apostolado.

«Dos miedos ordinariamente nos asaltan y a las veces tan vehementes que casi, casi llegan a convertirse en escándalo; el miedo del poco número de los que de verdad se ganan y quedan para Jesús, y el miedo del poco valer de ese poco número».

Esta carta define la sencillez de las Nazarenas, quizás incluso en contraste con el gran número de las Marías de los Sagrarios presentes en muchos lugares del mundo y con actividades relevantes. Ellas aparecen como:

«…rebañito, pobre, desprendido, abnegado, sin ruido ni éxitos brillantes, en silencio perpetuo de raíz y sin más tesoro que el que no carcome la polilla ni pueden robar los ladrones, su afán constante de amar, imitar y reparar a su Amor abandonado en unión de la Madre Inmaculada» (OO.CC. IV, n. 5840).

Dolorosa separación
Pero a estas separaciones entre las Marías Nazarenas y su fundador, habituales durante las vacaciones estivales, siguió otra más larga y dolorosa que comienza con los incendios provocados en Málaga el 11 de mayo de 1931. El desconcierto fue grande y las Nazarenas no tenían noticias ciertas acerca del paradero del obispo y su familia. Al día siguiente continuaban llegando amenazas a colegios religiosos y a varias familias que se significaban por colaborar con la Iglesia. Las Nazarenas, por prudencia, dejaron la casita del Monte, muy cercana al Seminario y buscaron refugio con personas conocidas en la capital pero, como sucedió a san Manuel, pronto comprendieron que alojarlas suponía un riesgo para estas personas, así que algunas se marcharon con sus familias, y otras decidieron alquilar un piso en el centro de Málaga para instalarse juntas al menos mientras continuara la tensión y fuera arriesgado vivir en una zona apartada en las afueras. Ese pisito de la calle Nosquera fue un refugio para las Nazarenas, pero también para Jesús Sacramentado en aquellos días difíciles en Málaga.

La inseguridad que se seguía viviendo allí en aquellos meses de 1931 hizo que los párrocos no se atrevieran a dejar la reserva del Santísimo en las iglesias. Un sacerdote de una parroquia cercana pidió a las Nazarenas que hicieran el favor de acoger en aquel humilde piso a Jesús Sacramentado. Con mucha alegría le buscaron acomodo en la mejor habitación de la casa, lo entendieron como una verdadera bendición.

Poco después, en febrero de 1932, volverían a Nazaret y en aquellos días recibieron la carta y la bendición del fundador que se había instalado en Ronda, y que les recordaba cuál era el programa de vuelta:

«1º Pedir, buscar, vivir y hacer vivir la paz que dan el silencio exterior e interior, la negación de curiosidades y caprichos y el desprecio propio 2º Completar la obra, comenzada y luego interrumpida, de los buenos hábitos nazarenos en el trato de unas con otras, de súbditas con Superioras, de hermanas con los de fuera, de trabajo, de estudio, de disciplina, de puntualidad, de buena cara habitual, etc. y 3º Hacer todo esto y los mayores sacrificios sin que se dé cuenta más que Jesús Sacramentado, esto es, ocultándose lo más posible como Jesús detrás de sus accidentes eucarísticos. Con que Él lo sepa, basta» (OO.CC. IV, n. 5967).

Nazaret y la cruz
Con el encabezamiento «Fiesta de la Sta. Cruz de 1932, XI aniversario de Nazaret», el 3 de mayo san Manuel enviaba a sus hijas en una cuartilla una adivinanza: «¿En qué se parece Nazaret a la Cruz?». La solución se recogía en el revés de la hoja. Siempre gustó a san Manuel incidir en esa relación, ese paralelismo entre la invención de la Santa Cruz y la invención de Nazaret: «¡Qué buenos inventos!», escribiría en otra ocasión (OO.CC. IV, n. 6413). La cruz acompañaría a san Manuel muy especialmente aquel año 1932 cuando, lejos de volver a Málaga como pensaba, aquel otoño tuvo que instalarse en Madrid. Entre otras cosas eso suponía residir lejos, muy lejos de aquel Nazaret que empezaba a despegar. Sin embargo, la carta que escribe a sus queridas hijas en esos difíciles momentos de despedida está llena de optimismo, de confianza alegre, porque «os digo con verdad –escribe– que apenas me deja sufrir Jesús; se conoce que Él carga con la cruz casi entera» (OO.CC. IV, n. 6068). Del mismo modo se traslucía paz en las letras que les enviaba en la Nochebuena de aquel año describiendo el ambiente de la cueva de Belén y que era el que deseaba para aquel hogar de las Marías Nazarenas: «paz como la que allí se cantaba y gozaba, silencio como el que allí se oía y todo lo que allí se veía, oía, gustaba y olía» (OO.CC. IV, n. 6079).

Y como en Navidad también en Cuaresma san Manuel, desde su destierro en Madrid, recurre a los olores, a los de su infancia y juventud, para que sus hijas comprendieran muy bien cómo acompañar a Jesús en su amorosa pasión:

«¡Qué bien se unen esas dos palabras: María y Cuaresma! Como azahar y primavera andaluza, como rosa y aroma, así están unidas, inseparablemente unidas las últimas jornadas de Jesús en su vida mortal con sus Marías…» (OO.CC. IV, n. 6112).

En mayo de 1933 san Manuel añade una nota al final de una carta de su hermana Mª Antonia a las Nazarenas de Málaga. Era el duodécimo aniversario de la fundación y escribe en esta efeméride:

«Queridísimas Hijas: ¡Un año más de Nazaret! ¡Qué bueno es el Corazón de Jesús que ha querido estar recibiendo otro más los desagravios de sus Nazarenas en su Nazaret!¡Cuánto dicen esos dos sus subrayados! ¡Qué sean eternos!» (OO.CC. IV, n. 6136).

Encargos especiales
Días después, con miras a celebrar la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús de 1933 les escribirá una carta más larga, que contiene un encargo muy especial para ese día:

«Que desde las siete de la mañana del día del Sdo. Corazón os hagáis cuenta de que, si corporalmente vivís en Villa Nazaret, espiritualmente vivís dentro del real palacio del Corazón de Jesús y que desde allí salís a hacer vuestros trabajos y ministerios, y desde allí hacéis vuestra oración y mortificación, vuestros desagravios y compañías… ¡Qué buena casa y qué buen taller de Marías santas y santificadoras!» (OO.CC. IV, n. 6155).

El 2 de octubre de aquel año 1933, san Manuel se encontraba en Elorrio. Al escribir a las Marías Nazarenas une a sus bendiciones, una pequeña oración de ofrecimiento que recomienda a cada una de las Nazarenas, es la jaculatoria para el curso:

«Corazón de mi Jesús Sacramentado, que tu María N. (el nombre) lo haga y lo sufra todo conTigo, para Ti y como Tú y nuestra Madre Inmaculada» (OO.CC. IV, n. 6208).

Llegada la Navidad y el nuevo año, volverá a escribir a sus queridas hijas las venturosas moradoras de «Villa Nazaret», deseándoles salud, como corresponde a estas fechas pero lo que les desea va mucho más allá, pues se trata de: «salud de cuerpo para no andar bien más que un solo camino, el que va y viene a y del Sagrario, salud de alma para la inteligencia que no padezca en todo el año ni un solo calambre en conocer y contemplar a Jesús abandonado y para la voluntad que no tenga en todos los días del año ni una palpitación que no sea de amor reparador y definitivamente loco por su loquísimo Dueño del Sagrario…» (OO.CC. IV, n. 6232).

En 1934 san Manuel escogerá, como hará en otras ocasiones, la fecha de la Asunción de la Virgen para dirigirse a sus hijas. Era verano y estaba en Elorrio, desde allí escribe esto que él mismo llama «pastoralita» y en la que les va a recordar la espléndida paga que da el Padre por llevar cruz en la tierra, diciéndoles para terminar:

«Marías, hijas mías, en vuestras horas de vacilaciones, luchas, peligros, perezas, cálculos humanos acordaos de la limpieza de las patenas y del honor y premio que el Padre reserva a los que tan de cerca ayudan la Misa de su Hijo. ¡Que el 4º Misterio glorioso del Rosario os lo recuerde siempre!» (OO.CC. IV, n. 6309).

Obispo de Palencia
En el verano de 1935 san Manuel recibe su nombramiento como obispo de Palencia. Entre las primeras felicitaciones, recibirá esta la de las Marías Nazarenas a la que contestará con un ruego: «quiero que de modo especial pidáis para que el Amo me haga cada vez más Obispo a su medida y estilo» (OO.CC. IV, n. 6440). Unos días después, el 13 de agosto, escribirá a las Nazarenas de nuevo en la fiesta de la Asunción. Era la carta «anual a la querida familia nazarena» de 1935, pero en esta ocasión tenía un tema especial, pues habiendo sido nombrado obispo de Palencia ya no cabía la posibilidad de volver a Málaga y en Málaga estaba Nazaret. Había llegado la separación definitiva, pero en esta despedida el fundador les explicaba cómo, para su Nazaret, el Corazón de Jesús abría otra etapa: comenzaba la hora de la fidelidad:

«Os lo digo solemnemente, mirando a mi Sagrario: Si Nazaret es esto solo: la Casa de la Fidelidad a Jesús abandonado, Nazaret no podrá ser destruido, ni por hombres ni por diablos», y acababa: «Esta es la consigna: sed fieles y ya veréis» (OO.CC. IV, n. 6453).

Días después, instalado ya en Palencia, escribirá de nuevo a Nazaret pidiéndoles que «paguen por mí al Amo los mimos que nos regala en esta bendita tierra y aprieten en fidelidad para que se acabe de hacer el milagro de multiplicación que vendrá» (OO.CC. IV, n. 6519).

En noviembre de 1935 enviará a sus hijas un jeroglífico que propondrá a otras personas a las que dirigía espiritualmente, era el triángulo: «Tu, Hic, Nunc, lo que Tú me pides, aquí y ahora, lo demás ¿qué importa?» (OO.CC. IV. n. 6539; cf. n. 6525).

En diciembre llegará el momento de la felicitación navideña, siempre entrañable y siempre tan hermosa:

«Pido y deseo para vosotras como medio de que os enteréis del Sagrario por dentro, el que os enteréis de las interioridades de Belén» (OO.CC. IV, 6540).

Segundo y tercer Nazaret
A los meses de despedida y traslado seguirá el año 1936 en el que nacerá el segundo Nazaret. En marzo de 1936 ya había cinco Marías Nazarenas en la casita de la calle de Santo Domingo en Palencia, una alegría que poco después se vio oscurecida con el comienzo de la Guerra Civil española y las noticias inquietantes sobre la persecución religiosa en Málaga en los primeros meses de la Guerra. Hasta finales de septiembre de 1936 no se tuvieron noticias de las Nazarenas que habían tenido que abandonar, de nuevo, la casita del Monte y que finalmente llegaron a Palencia en noviembre de 1936.

Ya por esos días se pensaba en el que habría de ser el tercer Nazaret, el de Zaragoza, cuyo Sagrario quedaría instalado el 16 de julio de 1937. Para entonces, las Nazarenas habían regresado a Málaga y se establecían en una nueva casa en aquella ciudad, pues la casa del Monte había quedado arrasada y ahora el cercano Seminario se había convertido en hospital de guerra. En septiembre recibirían una carta de su fundador. Cuando tras no pocas adversidades, lograron por fin tener el Sagrario en aquella «nueva casita nazarena», les decía:

«Mi encargo más encarecido de que me lo tratéis, si no como Él se merece que eso es imposible, todo lo mejor y más fielmente que podáis» (OO.CC. IV, n. 6734).

A sus queridas hijas de Nazaret de Málaga dirigirá san Manuel otra carta en agosto de 1938. Sabía que habían acabado en esos días sus ejercicios espirituales y «pues por ellos suele Jesús resucitar en el alma a vida nueva, mi palabra es la misma de Jesús resucitado a sus discípulos: Pax vobis», una paz que pasaba por una «negación propia a todas horas» (OO.CC. IV, n. 6890).

Pocos días después, en aquel agosto de 1937, san Manuel escribirá esta vez a sus muy queridas hijas del Nazaret de Ntra. Señora del Pilar, las Marías Nazarenas de Zaragoza. También ellas habían tenido tanda de ejercicios espirituales y tras recordarles que estos son «una lluvia tan copiosa de gracias y luces» concluía diciéndoles:

«Yo pido con toda mi alma al Corazón de Jesús que no lo pongáis en el trance de decir en vuestro propio Sagrario: “Busqué quien me consolara y… no lo hallé”. ¡Jamás! ¡Jamás!» (OO.CC. IV, n. 6895).

Últimas líneas
Y así llegamos a la última de las cartas que escribirá de forma colectiva san Manuel para sus hijas Marías Nazarenas. Si las anteriores habían ido destinadas a los Nazaret de Málaga y Zaragoza, esta que escribió en la fiesta del Corazón Eucarístico de Jesús del año 1939, va dirigida a «los tres jardincitos del Nazareno, de Palencia, Málaga y Zaragoza de vuestro pobre jardinero y amante Padre», y en ella escribirá:

«¿De qué os voy a hablar sino de lo nuestro, de lo siempre nuestro? Y lo nuestro, todo lo nuestro, ya lo sabéis, está contenido en estas dos palabras: abandono y compañía en estas dos palabras están el principio, los medios, el carácter y el fin de nuestra Obra» (OO.CC. IV, n. 7030).

El cardenal Blázquez señala en el Prólogo del volumen IV de las Obras completas de san Manuel González, que este párrafo es el resumen del carisma del que nacieron las Marías Nazarenas. Realmente es así, abandono y compañía son los ingredientes principales de ese cardito que empezó a cocinarse en 1921 por la gracia de Dios. Démosle ahora nosotros las gracias a Él con unas palabras que «casi son» de su fundador: ¡Un Centenario de Nazaret! ¡Qué bueno es el Corazón de Jesús que ha querido estar recibiendo 100 años los desagravios de sus Misioneras Eucarísticas de Nazaret en su Nazaret!

Aurora M.ª López Medina
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