Saltar al contenido

Palabras de agradecimiento de Mons. Marini en el 52º Congreso Eucarístico Internacional

8 octubre 2021

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de octubre de 2021.

Inspirados por una cultura eucarística

Al final de la Misa presidida por el papa Francisco en la clausura del 52º Congreso Eucarístico Internacional, mons. Piero Marini, presidente del Comité Pontificio para dichos Congresos, dirigió las siguientes palabras de agradecimiento.
Santo padre, al final del 52º Congreso Eucarístico Internacional, el último de una larga serie iniciada ya hace más de 140 años, damos gracias ante todo a Dios que, como el rey de la parábola evangélica, ha ofrecido una gran fiesta y ha enviado a sus siervos por las plazas y las calles de la ciudad para conducir a los últimos al banquete de su Hijo. Él nos ha convocado a la mesa del Resucitado para que podamos beber en las fuentes de la vida.

Aquí la comunidad cristiana, gracias también a su presencia, santo padre, se manifiesta con su verdadera fisonomía de espacio acogedor y abierto, de madre con los brazos abiertos para acoger a hombres y mujeres de todo pueblo y nación: «Levanta la vista en torno, mira –dice exultante el profeta–, todos esos se han reunido, vienen hacia ti; llegan tus hijos desde lejos, a tus hijas las traen en brazos… a ti llegan las riquezas de los pueblos» (Is 60,4-5). Todos hemos venido aquí, en torno al altar, según nuestras diferentes culturas y tradiciones, según nuestros modos particulares de vivir nuestra humanidad, para renovar el gesto sencillo y fuerte de la fe y de la comunión fraterna.

Un sueño hecho realidad
Hoy, humildemente, se hace realidad aquel sueño de la Iglesia de puertas abiertas que usted, santo padre, nos propuso en su primera Exhortación apostólica Evangelii gaudium (cf. nn. 20ss). Ahora, esta asamblea de los hijos de Dios, después de haber comido el mismo pan de vida y bebido del mismo cáliz, se disuelve lentamente, dispersándose como semilla en los surcos de la tierra, trazando nuevos caminos que forman la trama secreta del Reino de Dios. Los cristianos regresan a sus casas, a las escuelas, a las oficinas, a los negocios, a los espacios de tiempo libre para compartir y sanar, para levantar y acoger, para ofrecer una palabra de paz y gestos de reconciliación.

Hoy una vez más, el Espíritu de Dios, del que nos hemos saciado en esta Statio orbis, nos infunde la valentía para presentarnos al mundo con el estilo de Jesús, que, en la Última cena, nos ha dado el mandato de ser como Él: no dominadores sino siervos, no los poderosos de la tierra sino los pequeños del Reino, no los amos de las cosas sino los peregrinos.

Las jornadas eucarísticas internacionales celebradas en Budapest nos muestran esta senda de novedad y conversión, para que la celebración del Misterio Pascual de Cristo no influya positivamente solo en el corazón de los creyentes, sino también en la ciudad terrena en la que vive y trabaja. La salvación, de la que la Eucaristía es fuente, se convierte así en una cultura eucarística capaz de inspirar a los hombres y mujeres de buena voluntad en acercarse a los pobres como el Señor, en priorizar el bien común, en sembrar la paz social, el cuidado de la creación, la generosidad en el diálogo ecuménico y compartir las fragilidades. En medio de estas pruebas, y aun en otras, celebramos el memorial del Siervo que se ha entregado por nosotros, con la certeza de que el amor de Dios, encarnado en Cristo, es más fuerte que el mal, la violencia y la muerte.

Este modo de pensar y de vivir, fundado en el Sacramento del amor, puede transformar toda comunidad cristiana, incluso la más pequeña y desalentada, en pan partido para la vida del mundo, a ejemplo de nuestro Salvador, que se ha entregado totalmente. En efecto, cada domingo, en torno a la mesa de la Palabra y del pan de vida, somos introducidos en la comunión con el «Cristo total» en el sacramento, en la caridad y en la misión. Asumiendo así la coherencia eucarística que no separa a Cristo cabeza de su cuerpo, es decir, la comunión sacramental con Cristo de aquella con sus miembros.

Gracias, padre santo, por haber querido celebrar con esta gran asamblea la Eucaristía conclusiva del 52º Congreso Eucarístico Internacional, llamando una vez más la atención sobre este gran misterio, fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia. Que de la Statio orbis celebrada en esta noble ciudad enclavada en el corazón de Europa brote un manantial de agua viva capaz de sanar a las comunidades cristianas y al mundo entero.

Mons. Piero Marini

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: