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Con mirada eucarística (noviembre 2021)

22 noviembre 2021

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de noviembre de 2021.

La ley injusta no es ley

Lex injusta non est lex (la ley injusta no es ley), dice uno de los aforismos clásicos de la jurisprudencia. De lo cual se deduce que las leyes pueden no coincidir con la justicia, aunque aspiren a ella; y que ley y justicia son cosas diferentes. Si bien las leyes, en un Estado democrático y de derecho, están para ser cumplidas.

Desgraciadamente se producen demasiadas situaciones de leyes injustas. La ley es contingente, ocasional, relativa, aspirante a la verdad; en tanto que la justicia es necesaria, permanente, absoluta, es la verdad. Por eso las leyes cambian según los tiempos, las circunstancias, las sociedades, los hechos, incluso obedecen a intereses doctrinarios o de grupo; en cambio la justicia es inamovible, objetiva, aspiración eterna del ser humano en el ser y en el convivir.

Libertad e igualdad
La justicia está relacionada con la lógica, con el sentido común, aunque –como decía Voltaire– sea el menos común de los sentidos. Habita en la conciencia humana una especie de percepción universal de lo que es o no es razonable, en definitiva, de lo que es o no es justo. De este modo podríamos afirmar que la justicia es un universal humano. En tal sentido, por poner un ejemplo, no serían lógicas –y por tanto, injustas– las leyes que favorecen la okupación de una vivienda en detrimento de los derechos del propietario. Hay muchas leyes que no pasarían el tamiz del sentido común.

Pero, sobre todo, la justicia hunde sus raíces en la libertad y la igualdad de la persona. Hemos nacido seres libres e iguales. Estamos hablando de la libertad que nace de la búsqueda de la verdad («la verdad os hará libres», Jn 8,32) y de la no discriminación por ningún tipo de circunstancia.

En la época en la que le tocó vivir a Jesús de Nazaret estaba vigente la ley de la lapidación de la mujer adúltera, según la Ley de Moisés. La escena de la mujer adúltera, relatada por el evangelista Juan, es sin duda una de las páginas más bellas en las que Jesús defiende la radical libertad e igualdad del ser humano, hace esto ya más de dos mil años: «El que no tenga pecado, que tire la primera piedra» (Jn 8,7). Porque todos somos igualmente hijos de Dios. En el mundo en el que hoy vivimos existen demasiadas leyes que discriminan a la mujer con respecto al hombre o a una determinada creencia religiosa con respecto a otras, por referirnos a dos de las más evidentes discriminaciones, sexo y religión, además del racismo. Son leyes injustas porque atentan contra la libertad y la igualdad del ser humano. Hay leyes que cercenan la libertad de padres y alumnos, adoctrinadoras en lugar de educadoras, que discriminan por el lugar de nacimiento o por creencias personales. Demasiadas leyes ideológicas que hacen que el ser humano sea menos igual y menos libre. Y esto sucede en sociedades que se llaman democráticas.

La idea del bien
La justicia pertenece a la idea del bien, de hacer el bien. La justicia consiste en la adecuación de la acción a la conciencia, donde reside esa idea del bien. Está incluso un poco más allá del mismísimo derecho natural, porque en la conciencia humana reside una parte divina de la razón, esa presencia inmanente de Dios que hace que el ser humano sea capaz de las proezas más nobles.

Relata el evangelista Marcos que en una ocasión Jesús de Nazaret curó en sábado la mano paralizada de un hombre. La rigurosa, e injusta, Ley del Sábado, prohibía cualquier actividad en ese día de la semana. Ante los rostros asombrados y acusadores de los fariseos Jesús les preguntó: «¿Qué está permitido hacer el sábado: el bien o el mal, salvar a una persona o matarla?» (Mc 3,4). No puede ser justa una ley que impida hacer el bien y que, por el contrario, permita hacer el mal. Ya para Platón la idea del bien era el soporte de todas las «Ideas», constituyente de la felicidad humana.

No pueden ser justas las leyes sobre la eutanasia o el aborto porque propugnan una cultura de la muerte frente al bien supremo de la vida. Eliminar la vida en su principio, en el tiempo de la gestación, o al final, cuando se supone que el ser es desechable, nunca puede basarse en planteamientos de justicia, por más que se disfrace en posibles razonamientos de derechos. Es justo vivir, no es justo matar.

Por causa de la justicia
En consecuencia, la justicia no es ninguna entelequia ni ninguna abstracción, es una finalidad activa, la que deben tener en cuenta las leyes a fin de conseguir sociedades de hombres justos que forman parte de ella, hombres de bien siempre inconformistas. Inconformismo al que responde Jesús en su manifiesto de la Montaña: «Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia» (Mt 5,10). De ahí la existencia de leyes repudiables, ahítas de fanatismo religioso, que propugnan la persecución, también hoy en día, de quienes se confiesan cristianos; y ello tan solo porque la justicia definitivamente se compadece con la fe sustentada por el amor. Y no solo nos referimos a las persecuciones cruentas, aún más numerosas que en la época de Diocleciano, sino a la persecución incruenta, soterrada y sibilina, que se ejerce a través de leyes «democráticas» que esconden intenciones espurias.

Parece ser que lo progresista es perseguir a Cristo, siendo así que Cristo es el modelo de justicia. «En el Nuevo Testamento, el concepto equivalente al de justicia en el Antiguo Testamento es el de la fe: el creyente es el justo, el que sigue los caminos de Dios. Pues la fe es caminar con Cristo, en el cual se cumple toda Ley; ella nos une a la justicia de Cristo mismo» (Joseph Ratzinger).

Pueden hacerse leyes justas y, en su caso, derogarse las injustas. Para ello hace falta mucho compromiso y sobra mucho, demasiado, silencio.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER

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