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Orar con el obispo del Sagrario abandonado (junio 2022)

19 junio 2022

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de junio de 2022.

«El Cordero los vencerá, porque es Señor de señores y Rey de reyes» (Ap 17,14)

Se pregunta san Manuel González en su libro Camino para ir a Jesús: «¿Podríamos de algún modo, al mismo tiempo que pagamos al Corazón de Jesús su generosidad en llamarnos y hacernos su comensales, desagraviarlo del desprecio de tantos llamados que no acuden?» (OO.CC. I, n. 841).
El obispo del Sagrario abandonado nos deja este interrogante para este mes de junio, mes que celebramos la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. ¿Cómo pagarle esos desagravios que padece? ¿Nos duele a nosotros, como a Él, la realidad durísima de tantos bautizados que le han abandonado, que no acuden a la Eucaristía dominical o que se han vuelto indiferente en la fe? Y prosigue nuestro santo: «El mejor modo de desagraviar al Corazón de Jesús por el desprecio de su Mesa y de su Pan es el apostolado de la evidencia de la Comunión por la Comunión bien hecha» (OO.CC. I, n. 841).

Toda la doctrina eucarística emanada de los últimos papas nos invita a dar continuidad al reclamo del apostolado de la Eucaristía bien vivida y celebrada. San Juan Pablo II, en Ecclesia de Eucharistia afirma que «cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, memorial de la muerte y resurrección de su Señor, se hace presente este acontecimiento central de salvación y se realiza la obra de nuestra redención. Este sacrificio es tan decisivo para la salvación del género humano, que Jesucristo lo ha realizado y ha vuelto al Padre solo después de habernos dejado el medio para participar de él, como si hubiéramos estado presentes. Así, todo fiel puede tomar parte de él, obteniendo frutos inagotables» (n. 11).

La solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús nos convoca cada año a celebrar los inmensos beneficios que hemos recibido del amor hasta el extremo de Jesús en la cruz; amor hasta el extremo del que nos hace partícipes en cada Eucaristía, alegrándonos porque el Hijo, el Cordero Inmolado, ha cargado con los pecados de toda la Humanidad para destruir definitivamente el pecado y la muerte, para abrirnos las puertas del Paraíso, para irnos eucaristizando cuando recibimos su Cuerpo entregado y su Sangre derramada.

Esta solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús nos invita a prepararla o a prolongarla con ratos largos de adoración eucarística, para mostrar al Corazón de Jesús cuánto le amamos y le adoramos, cuánto le reconocemos como Rey de reyes y Señor de señores, cuánto le agradecemos que nos adentre en su misterio de amor: misterio grande y misericordioso; misterio que nos hace gozar de la inagotable fuente de gracia que fluye de esa fuente celestial que es el costado abierto de Cristo.

Adoremos la Presencia real y sacramental de Cristo en su pan vivo, para que nos haga arder en el fuego de su Espíritu y no permita que se endurezca nuestro corazón, sino que nos abramos a su infinita misericordia.

Oración inicial
Oh, Dios Misericordioso, que en el Corazón de tu Hijo, herido por nuestros pecados, nos has mostrado cuánto nos perdonas y nos reconcilias contigo, ayúdanos a estar abiertos a la fuerza de tu Espíritu para que seamos cada día más fieles hijos tuyos, más discípulos y amigos de Cristo, más templos vivos del Paráclito y, así, empapados en tu infinita misericordia, le rindamos al Cordero el homenaje de piedad sincera que Él se merece por haber dado su vida en rescate por muchos. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
Ap 14,3-5.

Meditamos la Palabra
Esta escena del Apocalipsis, llena de simbolismo, nos presenta a Cristo resucitado como el Cordero victorioso al que canta un cántico nuevo su Esposa, la Iglesia, tanto la Iglesia triunfante del cielo como la Iglesia peregrina de la tierra. Cristo está acompañado de ciento cuarenta y cuatro mil elegidos. Representan a los que han sido fieles en medio de la persecución, los que no han adorado a la Bestia, a Satanás, al enemigo, los que llevan en la frente el nombre del Cordero.

Nos señala los rasgos de los verdaderos seguidores del Cordero: no se contaminaron con la prostitución y la lujuria, son vírgenes porque están consagrados totalmente a su Señor, siguen al Cordero adondequiera que vaya, fueron comprados para Dios por la Sangre de Cristo, Cordero sin mancha ni defecto, han aborrecido la mentira, quieren permanecer intachables ante Dios y ante los hombres.

Estos rasgos de los primeros cristianos aquí descritos estamos llamados, por la gracia divina, por la acción del Espíritu, a vivirlos hoy, alimentados continuamente del Manjar del cielo: la Eucaristía. A través de este Sacramento del amor, nos dejamos compenetrar con el Corazón de Cristo (del Corazón divino a nuestro corazón humano), nos inunda la fuerza y la verdad del Evangelio, se nos capacita para dar testimonio valiente de nuestra fe y nuestra pertenencia a la Iglesia, se nos invita a estar disponibles a la voluntad del Padre y al servicio a los hermanos, en especial, los que sufren o están totalmente solos. El Espíritu Santo, con sus inspiraciones y luces, nos mueve a cantar el cántico nuevo de un corazón agradecido, abierto, humilde, que se postra a los pies del Cordero Inmolado, a los pies de esa Presencia eucarística suya que fascina y enamora.

Escuchemos nuevamente a san Manuel González
Nuestro santo, en sus escritos, nos invita, una y otra vez, a entrar en el Corazón de Jesús a través de Comuniones bien vivida y celebradas: «La Comunión, que es misterio de fe, bien preparada, digerida y asimilada, va poniendo tal intensidad de luz, calor y parecido de Jesús en el comulgante que no opone resistencia, y da tal virtud de atracción a la palabra, a la mirada, al proceder y aun a la sola presencia de éste, que lo hace predicador perenne, no ya de la fe, sino de la evidencia de Jesús Sacramentado. ¿Y quién resiste a la evidencia de ver, oír y tratar al propio Jesús en el buen comulgante?» (OO.CC. I, n. 841).

Ese estar con Cristo en el Sagrario no es cuestión de heroísmo ni grandes gestos espectaculares. Es, sencillamente, acompañarle, con presencia corporal y espiritual, con compañía de imitación y de compasión, con plena confianza, filial y afectuosa. Es multiplicar ratos de acompañamiento a quien está más solo; o intensificar el modo de vivir y celebrar la Eucaristía; o meditar mucho más a fondo el Evangelio; o donar con más generosidad nuestro tiempo a quien nos necesite o nuestro dinero al que carece de lo imprescindible. Así nos lo enseña san Manuel: «¡Tantas cosas echo de menos en torno del Corazón de Jesús que vive en el Sagrario! ¡Y por ahí deduzco las que echará Él…! Y como no es cosa de quedarme sin obtener nada por no poder pedirlo todo, me limito a pedir esto poco: Un poquito de más buen modo con Él.

No he escrito cosas nuevas ni viejas, ni grandes ni chicas, sino que en los mismos que le dais Comuniones, Misas, oraciones, visitas, limosnas, viajes a Sagrarios, obras de celo, de caridad, de justicia y de cumplimiento de Mandamientos, llevéis cuidado de hacérselas y ofrecérselas con un poquito de más buen modo. ¡Es tan fino este Corazón y se la da un trato tan basto…!» (OO.CC. I, n. 740).

Oremos ante Jesús Sacramentado en el mes del Sagrado Corazón de Jesús

Jesús nos amó hasta dar la vida por muchos. Llenos de confianza en su infinita misericordia, decimos después de cada petición: Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

  • Jesús Amantísimo, cuyo Corazón arde de amor por los hombres, arranca de nosotros el corazón de piedra, duro y frío, egoísta y soberbio, y danos un corazón de carne como el tuyo, capaz de dártelo todo a ti y de servir amando a cuantos pones en nuestro camino.
  • Jesús Sacramento, a cuyo Corazón sigue latiendo en cada Sagrario para que estemos ante tu presencia eucarística adorándote, no permitas que caigamos en la tibieza y mediocridad en nuestra vida espiritual, sino que nos dejemos encender en la misma caridad que te llevó a entregar tu vida por nosotros.
  • Jesús Salvador, que quieres que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, haznos testigos valientes del Evangelio, misioneros de la verdad, profetas que denuncian la injusticia y trabajan por la paz, hermanos unos de otros con un mismo pensar y un mismo sentir en cada comunidad cristiana.
  • Jesús Eucaristía, que te has querido quedar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo en esta presencia de pan de vida, ayuda, por tu Espíritu, a todos los movimientos eucarísticos de la Iglesia a que sean muy fieles al carisma recibido y contagiadores entusiastas de largos tiempos de adoración eucarística para que nunca te encuentres solo y nos dejemos transformar por tu luz maravillosa.

Oración final
Bendito y alabado seas, Padre, rico en misericordia, que, estando nosotros esclavos del pecado, nos has hecho vivir con Cristo resucitado a una vida nueva; acércanos, por la acción del Espíritu Santo, al Corazón manso y humilde de tu Hijo, para que de su costado abierto podamos beber siempre con gozo el agua viva de esta fuente de salvación. PNSJ.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.

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