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ConviRIE 2022 en Buitrago del Lozoya (Madrid)

19 septiembre 2022

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de julio-agosto de 2022.

Encantadora RIE-familia de campamento

Lunes 11 de julio, tres años después, nos volvemos a encontrar. Juntos en la puerta de Atocha, ¡damos comienzo a nuestra ConviRIE 2022! Empezamos con nervios, pero con mucha ilusión, la misma ilusión que nosotros teníamos cuando íbamos de niños y la que nos han transmitido ellos mismos desde el primer momento.
Como ya nos advirtieron hace unos meses atrás, como monitores teníamos un desafío por delante: conseguir que, durante los próximos ocho días, este grupo de niños se lo pase genial y que, a través de cada una de las actividades, juegos, momentos de oración, de compartir en grupo o simplemente a través de la convivencia del día a día, puedan descubrir el amor inmenso que Dios les tiene y el regalo que supone encontrar una familia donde compartir la fe y la vida. Así que, ¡solo con la confianza de que Dios está con nosotros!, dimos el pistoletazo de salida a esta gran semana.

Más que siete días
La Convi fue una semana donde el tiempo libre casi que brillaba por su ausencia… oraciones para empezar el día y dejarlo todo en manos de Dios, temas y catequesis, Misas y entregas de pañoletas, ratitos de limpieza, marcha a la naturaleza y excursión por el pueblo, piscina, las esperadas gymkanas, juegos nocturnos, la feria y la gran noche del terror.

Una semana donde hemos aprendido que ser feliz es lo que Dios quiere para nosotros y solo nos queda confiar. Confiarle nuestra vida y dejarlo actuar. Pero para eso habrá veces que tengamos que abrazar el vértigo y saltar. Es difícil, lo sé, pero, ¿quién quiere que sea fácil? Lo importante es que sea valioso, que tenga sentido. ¿Cuántas cosas nos perdemos por miedo a perder? Hay Otro que confía en ti… ¿por qué no confías tú en Él?

Hemos sido faro de luz y amor allá por donde íbamos. Aprendiendo a vaciarnos para llenarnos, porque del amor nace la felicidad, la ilusión, el respeto, la humildad y la esperanza.

Una semana donde hemos dicho «Te quiero» y hemos aprendido a decirlo sin pronunciar esas mismas palabras, con un «¿cómo estás?», un abrazo, un beso en la frente, un «¿me dejas tu sudadera?», mirar a la luna y darnos la mano, con un «yo confío en ti», «¿qué os vais a poner hoy?», y la famosa ronda del beso de buenas noches.

Encantados
Este año, nos han acompañado una historia y unos personajes muy especiales, ¡y muy conocidos! Se llaman Mirabel, Alma, Antonio, Bruno, Isabela, Luisa, Dolores, Pepa, Julieta, Agustín, Mariano y su mamá, nuestra mascota Serpi, y nuestro niño de la taza de café. Juntos forman la Familia Madrigal, y nos han ayudado a comprender que cada uno somos un don para el mundo; que, además, Dios nos concede a cada uno dones especiales que debemos descubrir y desarrollar, porque a los ojos de Dios somos únicos, especiales e infinitamente amados. Toda nuestra fuerza, nuestra magia, nuestros dones, brotan de una misma fuente, que es Jesús Eucaristía, la luz que alumbra y guía nuestras vidas.

Una vez leí que los seres humanos somos como barcos, buscando navegar, descubrir, explorar. A veces es necesario poner un ancla y hacer una pausa y, otras veces, hay que desplegar las velas y dejar que todo fluya. Esta semana ha sido así: Desplegamos las alas, nos dejamos fluir por lo que estaba preparado y por las sorpresas que Dios ha puesto en el camino. Navegar y descubrir el don que cada uno lleva dentro, descubrir a personas que han hecho nuestro campamento inolvidable. Pero también ha habido momentos para parar y anclar. Parar, sabiendo que alguien nos sostendría, y que en otros momentos habría alguien que necesitaría apoyarse en ti. Todo con una misma enseñanza: Aunque el camino no sea fácil, no dejes de confiar en Él.

Llegando a su fin
Es domingo por la noche, última del campamento… De camino a la capilla pude notar muchas huellas. Huellas fijamente marcadas en la arena. Huellas de ganas e ilusión, de felicidad, de amor, de compañerismo, huellas de trabajo, de amistad, de risas, de magia. Huellas de recuerdos y emoción. Y al llegar a la capilla, pude notar un olor diferente, un aroma a familia, a hogar.

Miradas con un brillo especial inundaban ese momento. Un momento para dar gracias, para recordar lo que hemos vivido y darnos cuenta de todas las personitas que Dios nos ha regalado, personas que nos cuidan y que, quizás sin darse cuenta, hacen nuestra vida muchísimo mejor. Un momento para mirar al frente, verle a Él y escucharle decir: «Confía en mí».

Marta Lechuga
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