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Enseñanzas de san Manuel (noviembre 2022)

14 noviembre 2022

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de noviembre de 2022.

«Nuestra Madre la Virgen de los Dolores» (II)

Proseguimos profundizando en las enseñanzas de san Manuel al contemplar el primer misterio doloroso del Rosario. Tras fijarnos el mes pasado en la historia de la fiesta de la Dolorosa y el significado que tuvo para nuestro fundador, en esta ocasión nos centramos en el hallazgo de la cruz del Calvario y del Sagrario.
Para comprender en toda su amplitud cuanto implica el hallazgo de la cruz del Calvario y del Sagrario se ha divido el texto en cuatro apartados. Como en otras ocasiones, y para facilitar la lectura, los números remiten a aquellos de las Obras Completas de san Manuel y las páginas a las Pláticas a las Marías Nazarenas.

3. El hallazgo de la cruz del Calvario y del Sagrario
3.1. Santa Elena y las Marías Nazarenas
La fiesta litúrgica de la Invención de la Santa Cruz, que se celebraba el 3 de mayo, coincide con la fecha de fundación de las Marías Nazarenas, hoy Misioneras Eucarísticas de Nazaret. San Manuel consideraba «muy significativo o providencial el que coincida el día de la Santa Cruz con el aniversario de esta modesta Obra de Nazaret […] esta fiesta tan íntima de familia». Él mismo se pregunta la relación que tiene la fiesta de la Santa Cruz «que conmemora nuestra santa Madre la Iglesia» con su Obra (p. 108; cf. 132). Responde con un bello paralelo entre dos hallazgos: el de la cruz donde fue crucificado el Señor y el de la cruz del abandono del Sagrario. «En esta coincidencia» quiere que mediten las Marías (p. 132).

3.2. Ser un templo vivo expiatorio
Por mucho tiempo, la cruz donde murió Jesús estuvo perdida, sepultada bajo otras construcciones, hasta que santa Elena, madre del emperador Constantino, decidió buscarla y la encontró junto con las cruces de los dos ladrones (cf. pp. 108-109).

Santa Elena erigió un templo expiatorio en el monte Calvario «donde continuamente se ofrecen oraciones, alabanzas e impetraciones en reparación por el gran Deicidio que allí se cometió», y otro en Roma, adonde llevó un trozo de la cruz y los tres clavos con que había sido clavado Jesucristo (cf. pp. 108-109; 132).

San Manuel señala dos coincidencias entre el hallazgo de santa Elena y la Obra de las Marías:

  1. «Cuando las Marías vinieron al mundo había una Cruz enterrada que merece el culto y la adoración de los hombres, la cruz del abandono del Sagrario. ¿Cuántos han pasado al lado de esa cruz sin pararse ante ella? Pero ha querido el Corazón Santísimo de Jesús, que al cabo de mucho tiempo nos diéramos cuenta de que detrás de aquella puerta apolillada o no apolillada, empolvada o limpia hay un gran olvido que reparar, desagraviar y adorar: “La cruz del abandono”» (p. 133).
  2. Santa Elena no se contenta con encontrar la cruz y levantar un templo en ese lugar, sino que «busca la perpetuación del desagravio y del agradecimiento a la Sta. Cruz» (p. 133). Lo mismo hace san Manuel cuando descubre el Sagrario abandonado: funda un templo que perpetúe la reparación de ese abandono: «Nazaret es ese templo vivo hecho para conmemorar este descubrimiento de la cruz del abandono y perpetuar su desagravio». Cada María Nazarena está llamada a ser «un templo vivo […] expiatorio […] de reparación constante de esos oprobios y de esa gran cruz que se llama el abandono del Sagrario» (pp. 133-134).

Y prosigue animando a sus religiosas: «En donde quiera que se encuentre un Sagrario abandonado, se ha de levantar un templo y ese es el puesto que os corresponde, ser cada día templos vivos de Jesús Sacramentado. Que vuestros ojos sean las ventanas de esos templos. Vuestra boca sea órgano para cantarle alabanzas y vuestros pies medios de trasladar ese templo a donde esté inhiesta la cruz del abandono» (p. 134).

Si todos los cristianos en gracia son templos vivos del Espíritu Santo, la María debe ser además un «templo vivo dedicado a la Cruz que pesa sobre el Sagrario abandonado», un templo puro y santo dedicado solo a Dios. La consigna para trabajar por la santidad propia debe ser: «¡Soy templo expiatorio del abandono de Jesús Sacramentado, templo de la Santa Cruz del Sagrario abandonado!» (p. 134).

3.3. Buscar la verdadera cruz y a Jesús en ella
San Manuel ofrece otra interpretación del hallazgo de la cruz, esta vez más relacionado con la vida espiritual de las Marías. La misma idea aparece en su libro Mi Comunión de María, cuando explica la dificultad que tenemos para tomar nuestra cruz de cada día (cf. Mt 16,24; 1289-1292).

En este caso compara la «obra material de desescombro» realizada por santa Elena con lo que tenemos que hacer nosotros «desescombrando dentro de nosotros mismos, para encontrar la Cruz verdadera, la Cruz de Jesús redentora y santificadora; no las cruces de los ladrones, la de la imaginación y la del amor propio, que esas cruces amargan, abruman y desesperan. Esos miedos y temores por lo que podrá pasar o por lo que tendré que sufrir, cruz es de la imaginación; la preocupación de lo que pensarán de mí […] cruz del amor propio es» (p. 109).

Debemos dedicarnos «a buscar nuestra cruz», pues de ello depende «la perfección de nuestra vida espiritual». Esa cruz verdadera es «la del propio deber», la cual, aunque sea difícil y produzca sufrimiento, como sufrió Jesús en su cruz, «deja paz y suavidad en el alma; es cruz que conforta y da vida». «Como es la que Jesús nos da, tenemos la fuerza y la gracia para llevarla» (p. 109).

Pero no basta con cargar la cruz verdadera que Jesús nos ofrece por nuestro bien: «Después de encontrar la Cruz hemos de hacer otro encuentro, el encuentro de Jesús en ella. Porque la cruz sola ¿quién la desea? Es pesada, desagradable y antipática; se ha hecho amable, redentora y gloriosa porque Jesús se ha dejado clavar en ella. Hemos de buscar a Jesús en la Cruz como el que busca una perla preciosa» (pp. 109-110).

San Manuel quiere que las Marías busquen su cruz «como la buscó Ntra. Madre Inmaculada, como la buscaron las Marías, con Jesús», y que se queden «gozando del Amado», enamoradas de la cruz, de Jesús en la cruz (p. 110).

3.4. Abrir las puertas del cielo y el Sagrario
San Manuel ofrece otra importante comparación entre el hallazgo de la cruz y el hallazgo de Nazaret: «Por la Cruz del Calvario Jesús nos redime y abre las puertas del cielo; por el Nazaret eucarístico se abren y trabaja por abrir las puertas cerradas por el abandono y la incomprensión de los Sagrarios de la tierra, para que los frutos de la Redención y la misma Carne y Sangre de Jesús sean manjar cotidiano de tanto hambriento desgraciado» (p. 164).

Así como la cruz da la Vida, Nazaret debe hacer caer en la cuenta a todos de que esa Vida está en el Sagrario, «desagraviarla de tantos que se empeñan en morirse por no vivirla», e intentar darles esa Vida (p. 164).

Deyanira Flores
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