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Resonancias en nuestra Iglesia de hoy (noviembre 2022)

18 noviembre 2022

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de noviembre de 2022.

Explosión de amor

Eran las 12:02 cuando sonó el móvil aquel viernes. Fugazmente un pensamiento atravesó su mente. No… no podía ser. Pero seguramente sería… Nada más ver quién llamaba supo la noticia: un ser muy querido había iniciado su último viaje en este mundo. Al responder, una lágrima corría por sus mejillas. Sería la primera de muchas en esos días, pero la única que nació de la inmensa tristeza de saber que su gran amiga había fallecido. Las siguientes fueron muy distintas.

Todo se fue sucediendo como siempre en estos casos, pero con características nuevas y cada vez más sorprendentes. En primer lugar, el tanatorio se abriría dentro de varias horas, muchas más de lo que suele ocurrir. ¿El motivo? Que antes de ello, la familia quería ofrecer una Misa en su parroquia. ¡Una Misa de acción de gracias! En realidad cada Eucaristía es una acción de gracias… No habían pasado ocho horas desde que Carmina había iniciado su último viaje y ya estaba su familia agradeciendo a Dios el que les hubiera regalado su cercanía, su amor y su presencia. Visto así, tenía sentido celebrar una Misa para agradecer, claro. Pero no es lo que se acostumbra. Algunos allegados se habían atrevido a manifestar su sorpresa a los familiares. Ellos, sin embargo, solo atinaban a decir con los ojos aún humedecidos: «¿pero cómo no agradecer ahora a Dios cuanto nos ha dado con la vida de nuestra querida madre, esposa, hermana…!». ¡Así lo quería ella!

«Así lo quería ella»
Carmina había tenido un cáncer un lustro atrás y se había repuesto, llegando a retomar su vida normal de madre, esposa, médico, creyente, catequista… En los últimos meses, sin embargo, se vio que el tumor no había remitido totalmente y que los tratamientos no daban muchas esperanzas. Aun así, se intentó más de uno. Cuando, una semana atrás, Carmina ingresó al hospital, era para probar una nueva medicación. Ella estaba convencida de que sería exitosa. Pero sus conocimientos y experiencia médica rápidamente le hicieron contemplar la realidad de su situación.

Consciente de que quizás serían unos pocos días de vida los que tenía entre manos, no quiso aceptar la sedación porque necesitaba estar plenamente consciente para hablar con cada uno de sus hijos y con José Luis, el amor de su vida. Los últimos tres días de vida de Carmina tuvieron una agenda más apretada que las más ajetreadas jornadas de su carrera médica. No eran largas charlas. Eran profundos momentos de comunión, las más de las veces silenciosos. Ella había ayudado a muchos a recuperar la salud, incluso a alejar el dolor y la muerte. Ahora necesitaba explicar con su misma vida, que se acababa, que creía en el Dios de la vida, que lo que vivirían no era un adiós definitivo sino un hasta luego, que los quería mucho y que se sentía tan querida por ellos y por Dios que el dolor de la separación se mezclaba de forma inexplicable con la certeza de que Dios estaba allí, con todos ellos, abrazándolos y enjugando sus lágrimas, que la vida seguía, para ellos ¡y comenzaba de manera nueva para ella!

Así lo quiso Carmina y así lo vivió. Dios no era el ser al que recordaban una hora los domingos, sino el centro de su vida, el que los escuchaba siempre, el que los invitaba a hablar con Él, personal y familiarmente. El Señor estaba con ella más presente y palpable que nunca, ahora que iba a recorrer un camino que Dios mismo, el Hijo encarnado, había recorrido: el que lleva a la vida eterna.

El mayor consuelo
Como era de imaginar, fueron centenares las personas que quisieron acercarse al tanatorio aquella noche y la mañana siguiente. ¡Carmina había sembrado tanto cariño en quienes se topaban con ella! Para todos era un momento duro. ¿Cómo llevar consuelo a aquella familia tan unida? Lo que se encontraban, sin embargo, era muy distinto a lo que imaginaron. Las miradas, los abrazos, incluso las lágrimas de la familia de Carmina eran ellas mismas consuelo para quienes se acercaban al tanatorio. «Mamá nos dijo que su muerte sería ocasión de reencontrarnos, que nunca teníamos tiempo y que ahora podríamos estar juntos». ¡Si hasta habían organizado una sencilla comida para que no fuera necesario salir corriendo a buscar algún sitio donde comer! Los momentos importantes en la familia de Carmina siempre se habían celebrado compartiendo una mesa.

Entrar a la sala era asistir a una explosión de amor. Amor que Carmina había recibido de Dios y derramado a raudales en su familia. Amor que ahora llegaba a todos los que se acercaban al tanatorio y, más que llorar una muerte, recibían el cariño de toda una familia marcada por el amor.

«Si he venido a daros el pésame y ¡habéis sido vosotros los que me habéis consolado y serenado!», pensaba más de uno. Cuando el corazón está tan lleno de amor, se siente una explosión de cariño que arrasa y alegra y llena de paz. Compartir esos momentos eran, de por sí, hacer de la vida un momento de oración, tal como Carmina lo había vivido tantas veces en su familia, en el trabajo, con sus amigos, con los seres queridos e incluso con los desconocidos que se cruzaban en su camino.

Celebrar la vida
Unas semanas después de que Carmina vivió su Dies natalis, (el día de su nacimiento para el Cielo) la familia quiso celebrar la Eucaristía, nuevamente, ¡para dar gracias! Cientos de personas volvieron a unirse para orar, celebrar, agradecer, emocionarse, alabar a Dios, saberse familia… Ya nadie se sorprendió del cuidado con que se había preparado la liturgia. Al contrario, todo en la Misa era ocasión de encuentro con Dios, como siempre, pero potenciado, por ejemplo, con la belleza de la música y los cantos. José Luis y sus hijos estaban en la primera fila y, al concluir, volvieron a derrochar paz y cariño para cuantos se acercaron a saludarlos. ¡No podían hacerlo de otro modo! No era una imposición externa sino lo que había crecido en sus corazones, sembrado por Dios y abonado, regado y cuidado por el amor de Carmina. La alegría del reencuentro era sincera y llenaba de gozo a quienes se acercaban. Una vez más, Carmina lo había conseguido: había sido excusa para el reencuentro y la oración, para acercarse a Dios y para que se dieran la mano quienes hacía mucho que no se veían.

En la celebración eucarística se dijeron muchas palabras bonitas y se vio más de una lágrima de emoción, pero, sobre todo en ella se vivió la comunión de los santos, en ella volvieron a estar unidos los hijos de Dios, en ella el Cielo abrió un resquicio y dejó ver su luz, hecha Eucaristía, es decir, Pan de vida que se entrega a todos.

Para todos era difícil expresar lo que sentían porque ¡Carmina ya no estaba y la sentían más presente que nunca! ¡El dolor de la separación seguía existiendo pero no era desolador, sino que se experimentaba junto a un gran consuelo por la certeza de que no los había abandonado totalmente! Como remarcó numerosas veces en su homilía el párroco, ese era el «legado de Carmina»: haber sido una mujer creyente, íntegra, conocedora del infinito amor de Dios y perenne dispensadora de cariño y cercanía. ¡Cómo no dar gracias, una vez más, por su vida en este mundo y por su cercanía ahora que ya vive la vida eterna!

Mónica Mª Yuan Cordiviola, m.e.n.

Últimas palabras de Carmina a José Luis
«¡Qué importante es que los padres, ante un nuevo ser humano, tengan plena conciencia de que Dios los ama! Como escribe el profeta Jeremías: «antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía y antes de que nacieses, te tenía consagrado». Desde el mismo momento de la concepción el nuevo ser está ya ordenado a la eternidad en Dios que es a la que ahora voy. Un beso a todos mis nietos: los nacidos y los que están a punto de nacer. Vuestra abuela Carmina, a punto de nacer a la vida verdadera».

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