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Ponencias del Congreso Eucarístico (Card. Bagnasco)

20 noviembre 2022

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de noviembre de 2022.

Eucaristía, evangelización y compromiso social (I)

La quinta jornada del Congreso Eucarístico Internacional que tuvo lugar en Budapest en septiembre de 2021 estuvo dedicada a reflexionar sobre la esperanza. Con este marco de referencia, el cardenal Angelo Bagnasco, entonces presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, se refirió a la relación entre Eucaristía, evangelización y compromiso social en Europa, un tema muy actual en todos los continentes. Ofrecemos en este número la primera parte de su intervención.
El Concilio Vaticano II afirma que «la Liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza» (SC 10). El memorial eucarístico es el vértice de la divina liturgia, el costado abierto del que mana el misterio de la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, y de donde proviene todo su vigor.

Centralidad de la Eucaristía
Como sabemos, la celebración eucarística no es un conjunto de ceremonias y de rúbricas, sino un evento, el encuentro con el Resucitado, el Verbo eterno de Dios que asumió nuestra carne mortal no solo para compartir nuestra pena, nuestros sufrimientos, sino para salvar totalmente al hombre, a todo lo del hombre y a todos los hombres.

La compasión comparte, el amor comparte y eleva. Jesucristo eleva a la Humanidad hasta la gracia, es decir, hasta la participación en la vida divina. Por esto la salva. Es importante la compasión. Y es más importante aún el amor que se compadece y, repito, eleva hacia Dios, hasta la plenitud. A veces corremos el riesgo de quedarnos solo en el compartir, olvidando la promoción integral. Pero, nos preguntamos, ¿el hombre moderno quiere ser salvado?, ¿es consciente de que lo necesita?, ¿de qué quiere ser salvado? Hoy, bajo el influjo de la pandemia, parece que haya nacido la religión de la salud, de la bioseguridad, hasta el punto de llegar a sacrificar las condiciones normales de la existencia; incluso los amigos, los afectos, las convicciones religiosas y políticas. No es poco sobrevivir. Pero, ¿es justo sobrevivir renunciando a la vida?

La vida desnuda, la natural, da miedo perderla, no es algo que una a los hombres, más bien los ciega y los separa, los aísla unos de otros. La nueva y gran enfermedad del tiempo: el aislamiento. También la sociedad, ¿qué sería si su único fin fuera la supervivencia? Cuando el horizonte completo de la vida se ofusca, y un aspecto de la misma se vuelve absoluto, entonces la misma vida personal se nubla y el vivir juntos se desnaturaliza.

Ahora bien, ¿a qué nos referimos cuando hablamos de la vida en su totalidad? No nos referimos solamente al paso de los días, la salud, el trabajo, los afectos, las relaciones –todas cosas importantes–, sino también a todo lo que emerge de lo profundo del corazón humano. En esta perspectiva se revela lo que es el hombre en su totalidad, no solo en una parte. Se manifiesta el punto de síntesis de la rica complejidad humana hecha de mente y de corazón, de voluntad y de decisiones, de fragilidad y de entusiasmos, de límites y de aspiraciones. Esa es la totalidad plena, no solo las exigencias inmediatas –que tienen su valor–, sino dentro de una complejidad, de una riqueza mucho más amplia.

El mundo interior de cada persona está, en efecto, habitado por una pregunta: ¿quién soy yo?, ¿hay algo por lo que valga la pena vivir y también morir?, ¿por qué existe el mal?, ¿cuál es el sentido de mi vida? Puedo perder muchas cosas materiales, pero ¿cómo salvar la vida? Última pregunta, en síntesis, ¿qué será de mí? Y esta es la pregunta que inquieta al hombre moderno, aun cuando busca de todas las maneras posibles no escuchar esta pregunta, acallarla, ignorarla. Frente a la puerta solemne y decisiva del tiempo, ¿qué será de mí?

Estas preguntas, que están en la raíz del ser humano, revelan que Dios creó al hombre como un interrogante, un interrogante de infinito y de eterno, de luz y de vida, de belleza. Interrogante de un «para siempre» que desea con todo su ser «y para siempre». Nosotros somos temporales, nuestra vida es mortal, pero deseamos, pedimos un «para siempre» de belleza, de felicidad, de alegría, de vida, de amor, de libertad. Un «para siempre» que el hombre comprende que no está en sus manos, que no lo puede construir. Nosotros no podemos construir el «para siempre» y la plenitud de aquello que deseamos porque estamos amasados [en el tiempo]. Este «para siempre» es algo que hemos de invocar y esperar como mendigos de Dios. Para esta mezcla radical de tierra y de cielo, la respuesta es la Eucaristía. Dice el Evangelio según san Juan: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1), hasta el extremo de su vida terrena. Es cierto. Hasta el último respiro, pero, sobre todo, hasta el límite del amor, es decir, el don de la propia vida. Este acto supremo y soberano de amor está contenido en la Eucaristía, sacramento de salvación para el mundo, actualizado en el altar, banquete de vida eterna. Por esa razón, en el siglo IV, bajo la persecución del emperador Diocleciano, los mártires de Abitinia afirmaban: «Sine dominico non possumus», es decir, sin celebrar la Pascua dominical no podemos vivir. También nosotros tendríamos que poder decirlo, al precio que sea.

Testimoniar y evangelizar
Escuchando estas palabras bañadas de sangre, la sangre de los mártires, percibimos que su testimonio no era tanto un deber –hablo de los mártires de Abitinia, siglo IV– sino sobre todo un anuncio del Evangelio, una necesidad del alma. Ellos no anunciaban un libro de sabiduría humana, el Evangelio, las Escrituras, sino una presencia viva, una persona, Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado para salvarnos del pecado. Ese es el sentido de la evangelización, y por eso el Evangelio nunca debe ser desvirtuado, acallando su savia sobrenatural: la llamada a la gracia, la redención, la santidad, la vida eterna, todas esas verdades que en el Misal se convierten en oración. Lex orandi, lex credendi. En la divina liturgia están las antiguas palabras de la fe más originarias (y las más necesarias) para el hombre de todos los tiempos. Es la liturgia el primer compendio (un compendio orado) de la fe cristiana, de la doctrina. No podemos acallar ninguna palabra de Cristo ni pasar por alto ninguna página del libro sagrado, eligiendo lo que no es tan atractivo al sentir común. Esto es traicionar el Evangelio de Cristo. Sería reducirlo a un conjunto de exhortaciones edificantes, que permanecen exteriores a la vida porque no transforman el corazón. El Evangelio sería un código de buen vivir, un manual de filantropía, una sabiduría humana; no la única.

Se habla de anuncio de la fe a todos, en cada ambiente, en cada tiempo, también en el nuestro, marcado por el secularismo. El secularismo no necesariamente niega a Dios, sino que pretende que el hombre viva como si Dios no existiera. Este es el secularismo, la forma más traicionera, equívoca, peligrosa de la secularización: «Cree en Dios, pero vive sin Dios».

Quizás la primera forma de evangelización sería preguntarnos si también nosotros, cristianos, vivimos como si Dios no existiera. Se puede, en efecto, practicar la fe, pero no vivir de fe; creer en Dios, pero no vivir de Él. Creo que un motivo del secularismo que oprime Europa y el Occidente es la invisibilidad de la alegría cristiana. No se trata de exhibir un sentimiento superficial y artificioso, por lo tanto, cursi. No se trata de una sonrisa que nace del éxito y de las cosas fáciles, sino que se trata de la firme alegría de la fe, del gozo de ser redimidos y amados por Cristo, de ser constituidos como pueblo de Dios, peregrinos hacia nuestra patria, la patria del cielo. Se trata de experimentar esa alegría verdadera a pesar de las pruebas de la vida y las tribulaciones, a pesar de nuestros límites y pecados. No son nuestros pecados y nuestros límites los que nos deben deprimir, espantar o desanimar, sino la tibieza de nuestra fe; la falta de alegría por ser cristianos, una alegría, repito, visible, firme y, por tanto, verdadera.

También nosotros, frente a las potencias del mundo, frente a la indiferencia religiosa, podemos quedar sumidos en una especie de resignación. También nosotros podemos dar la impresión de un cansancio interior, de una desconfianza subyacente. Podemos estar sumergidos en la tristeza de sentirnos minoría, señalados por los demás, como si la fe no generase las alas de la libertad sino, por el contrario, fuera un yugo pesado que hay que cargar. Si fuera así, nuestro anuncio no haría arder el corazón de nadie, se vería frenado desde el punto de partida, privaríamos a nuestros pueblos de aquello que tienen derecho a escuchar y –dejadme decirlo– a ver, a pesar de nosotros, porque Cristo actúa en nosotros, es el protagonista, y se digna servirse de nuestra humanidad. Él, asumiendo nuestra naturaleza humana, apostó por nosotros, se mezcló con nosotros, siendo Dios, y nos ha salvado. Solo Dios podía arriesgarse tanto con nosotros. En una palabra, el mundo espera a Cristo. El ser humano, en efecto, es creado por Dios y está hecho para Dios. «Todo fue creado por él y para él» (Col 1,16). Cómo no recordar el eco de las palabras de san Agustín: «Nos has hecho, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».

Estas palabras, pronunciadas y escritas en el siglo IV-V, son de una actualidad extraordinaria y serán siempre verdaderas, alentadoras, luminosas y fuertes hasta el final de los tiempos.

[Continuará]
Card. Angelo Bagnasco
Traducción y edición de texto:
Mª Andrea Chacón Dalinger, m.e.n. y Mónica Mª Yuan Cordiviola, m.e.n.

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