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Cordialmente, una carta para ti (noviembre 2022)

23 noviembre 2022

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de noviembre de 2022.

El valor de una carta

Amigo lector: Como bien sabes, en nuestros días ya casi nadie escribe cartas. Hoy se envían breves mensajes por medio del móvil, o del ordenador, y también se recurre a la llamada telefónica, la forma más cercana y directa de comunicarse. Todo menos coger una pluma, o un bolígrafo, y una hoja de papel en blanco para disponernos a escribir; teniendo, además, que poner la dirección en el sobre, pegar un sello y llevar la carta al Correo o a un buzón… Demasiadas pérdidas de tiempo para una sociedad que tanta prisa tiene.
Quienes peinamos canas desde hace años echamos en falta aquellas esperadas cartas que recibíamos de nuestros familiares y amigos. Aquellas cartas representaban algo muy íntimo y personal, porque eran los pensamientos y los sentimientos del ser querido o del amigo, plasmados sobre una hoja de papel. Y como lo que se escribía sobre esa hoja de papel quedaba escrito para siempre (no se eliminaba con la facilidad con que se elimina lo escrito con el móvil o el ordenador), se pensaba despacio lo que íbamos a escribir. Al menos, es lo que me ocurre a mí, estimado lector, cada vez que te escribo una carta.

A propósito de esto, aprovecho para decirte que las cartas que te dirijo cada mes las escribo a mano. Son, pues, cartas artesanas, hechas a mano. Lógicamente, una vez escritas debo pasarlas al ordenador para que puedan ser enviadas por internet a la dirección de El Granito de Arena. Me encantaría poder enviártelas escritas a mano, por correo postal, pero sabes que esto sería muy laborioso y complicado. Por ello, mi carta tiene que llegarte a través de una revista, y esto es algo que debemos agradecerle a El Granito, ya que si no fuera por su generosa mediación difícilmente podrías recibirla.

Si me pidieras, lector amigo, que destacase algún aspecto interesante de las cartas, sería para distinguirlas de las epístolas. Aunque muchos las confundan, lo cierto es que son cosas diferentes. Cuando escribía mi libro Séneca, un pedagogo de ayer para el mundo de hoy (2008), recuerdo que se me planteó un serio problema a la hora de dar nombre a los escritos que Séneca le dirigió a su discípulo Lucilio. ¿Qué debía poner: «Cartas a Lucilio» o «Epístolas a Lucilio»? ¿Qué eran en realidad? La respuesta a este dilema la encontré en la obra Epístolas morales a Lucilio (Edit. Gredos. Madrid, 1986), escrita y traducida del latín por I. Roca Meliá. Este autor, basándose en los estudios de prestigiosos filólogos y lingüistas, señala que existen notables diferencias entre literae (cartas) y epistulae (epístolas).

Coloquial y cercano
Explica Roca Meliá que las cartas van dirigidas a una persona en particular o a un círculo muy cerrado de personas; de aquí que su estilo deba ser coloquial, usando un lenguaje más bien familiar. Por el contrario, las epístolas, aunque a veces vayan dirigidas a una sola persona, por el tema que tratan están destinadas a ser divulgadas entre un círculo lo más amplio posible de personas. Según este criterio, no cabe la menor duda de que los escritos que yo te envío a través de El Granito son cartas, ya que van dirigidas a ti, pero también a ese círculo cerrado (círculo familiar, diría mejor) que formamos quienes damos vida a la revista El Granito de Arena y veneramos a san Manuel, su fundador.

Como te decía al principio, lector amigo, hoy ya casi nadie escribe cartas. Se ha impuesto el Whatsapp, el mail o la llamada telefónica. Son muy pocos los que siguen escribiendo cartas a sus familiares o amigos y, por tanto, también son muy pocos los que las reciben. Alegrémonos de estar en el grupo de esos pocos que escriben cartas o que las reciben, al igual que sucedía en tiempos lejanos, porque ¿qué hubiese sido de las ejemplares epístolas a Lucilio, si Séneca hubiera podido enviarle mensajes al móvil o hacerle llamadas telefónicas a su discípulo, sin escribirle ni una sola letra? Sería muy triste y lamentable.

Pero mucho más triste y lamentable sería si esto mismo hubiese ocurrido con valiosos escritos religiosos. ¿Qué hubiera sido, por ejemplo, de las epístolas de san Pablo, si también hubiese recurrido a internet o a la llamada telefónica para enviar el mensaje evangélico a los primeros cristianos? Desde todos los puntos de vista, sería muy lamentable que no hubiera escrito su célebre Epístola a los Romanos o las que le escribió a los Corintios, a los Efesios, a Timoteo, a Tito, etc. ¿Y qué decir de las cartas de nuestro san Manuel? No habría constancia escrita de estas palabras: «¡Tengo tantas ganas de dar a conocer a Jesús y su Corazón!», si hubiese recurrido a internet o a la llamada telefónica. Como vemos, amigo lector, el valor de una carta jamás lo podrá suplir una llamada telefónica, un mail o un wasap. Cordialmente,

Manuel Ángel Puga
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